EL PUENTE DE MI ESPERA
Yo iba desnudo por la acera
contemplando las farolas apagadas.
En nuestro puente te esperé sonámbulo
para mostrarme frente a ti sin nada,
sólo con mi amor y las candelas
que ardían en mí, por ti atizadas.
Cuando llegaste, me encontraste
con tu luz en mi mirada
y yo enmudecí de gozo
cuando tus manos exploraron mi garganta,
deseando que mi voz te bienquisiera
con todo el verbo amar en mis palabras.
Oh, cariño de mis cariños,
cómo quise que tus labios me besaran,
que dejaras sin más besos mi boca
allí solos tú y yo con nuestras almas.
Tu cubriste con tu abrigo mi vergüenza
y volvimos muy despacio hacia mi casa.
Retraté cada pisada que anduvimos
para luego volver solo a caminarlas.
Desde entonces fue ambulante tu presencia
llenando con tu amor cada ventana,
para luego continuar con mis tinieblas
arañando con tu adiós toda mi calma.
Las farolas se alargaban en la acera
a medida que mi voz te sollozaba.
Cuánto llanto dibujabas en tu rostro,
en tu voz y en tus trémulas palabras.
Y la casa se quedaba tan vacía,
tan vacía y tan oscura se quedaba,
que soñaba con el puente de mi espera
deseando oír la voz de tus pisadas.
Ya se fueron para siempre tus adioses.
Te impregnaste en cada muro de la casa.
Ya los años esculpieron nuestra historia
cinceladas beso a beso y sin palabras.
Para siempre latirán nuestras canciones.
Hasta el día en que no exista ni una lágrima.
Para siempre seguiremos lado a lado.
Hasta el día en que no sea la Vía Láctea.
Fuengirola, 25 de febrero de 2017.
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jueves, 7 de junio de 2018
ROMANCE DE UN AMOR INEXORABLE
ROMANCE DE UN AMOR INEXORABLE
Allí estaba yo solo
con mi soledad a cuestas,
sentado en el arriate
de dompedros y azucenas
cuando le ví llegar
agotado y sudoroso,
tras dejar atrás su senda
de varios soles y lunas,
de polvo y de carretera.
-Me da un vaso de agua?
Me pidió inclinando su cabeza
en un saludo triste y mudo
de timidez y vergüenza.
-Beba usted de este botijo,
que da siempre agua fresca
y siéntese bajo la parra
Fue mi única respuesta.
El agua resbalaba de su boca
carnosa como una fresa,
serpenteando por su cuello
igual que una lágrima extensa.
Su camisa desabrochada
me mostró su piel morena,
sus brazos fuertes de hombre,
su hermosura y su destreza.
Le sonreí y callé.
Él miraba la dehesa
y en un segundo, mi sangre
se removió de tal manera,
que ni el torrente más grande
calmaría mis candelas.
Cuánta dicha hubo en mi alma.
Cuánto dolor y miseria.
Mis labios lloraban, reían,
sabedores de mi pena,
de mi pena y mi alegría,
de mi risa y mis carencias.
Querían pronunciar su nombre,
darle mi luna y mi estrella,
ofrecerle mis senderos,
mi vida entera, mi hacienda,
tatuármelo todo entero
con tinta imborrable y densa
para sentir mis caricias
sobre su cuerpo de hierba.
(Y si no entiende mi arrobo?
y si ofendo su entereza?)
No hizo falta confesión alguna.
Él comprendió la certeza
que nació en mis adentros
y me miró con fijeza.
Nuestros labios se juntaron
en un beso eterno y mudo
sin mirarnos tan siquiera.
La noche se establecía.
Un cielo de nubes quietas
sobre las aguas calmadas
del aljibe y las acequias
dibujó espejos azules
amarillos y magentas.
Las calles del pueblo cerraron
miradores y cancelas
cuando veían a dos hombres
de la mano por la acera.
Ay, los murmullos de la esquina.
Ay, mis silencios de fiera.
Qué desdén el de sus ojos.
Qué pecado en esas lenguas.
Qué manera de ensuciarnos.
Qué inmundicia y qué miseria.
Qué de rezos pretenciosos
en alcobas y en iglesias.
Yo le amo y él me ama.
Contra esto no hay sentencia.
El amor nos purifica,
emblanquece el alma entera,
nos vacía de los oscuro,
nos contagia de pureza,
nunca duda ni maldice,
jamás teme ni sospecha.
El amor sólo es un ramo
que nos da la primavera
de gardenias y amarantos,
de caricias y sorpresas.
¿Quién cuestiona nuestro idilio?
¿Qué frustración lo genera?
¿Quién maldice nuestros besos,
la verdad de mis querencias?
Dejémosles con su rabia,
con su mofa y decadencia.
Que sigan, que se harten.
El amor es resistencia.
No hay nada que lo doblegue.
Somos lo único que cuenta.
Esto será para siempre.
hasta que me muera o te mueras
y hasta después de la muerte,
dos cenizas, dos pavesas,
seguirán destilando amor
en cada siglo que venga.
Málaga, 1 de julio de 2017.
Allí estaba yo solo
con mi soledad a cuestas,
sentado en el arriate
de dompedros y azucenas
cuando le ví llegar
agotado y sudoroso,
tras dejar atrás su senda
de varios soles y lunas,
de polvo y de carretera.
-Me da un vaso de agua?
Me pidió inclinando su cabeza
en un saludo triste y mudo
de timidez y vergüenza.
-Beba usted de este botijo,
que da siempre agua fresca
y siéntese bajo la parra
Fue mi única respuesta.
El agua resbalaba de su boca
carnosa como una fresa,
serpenteando por su cuello
igual que una lágrima extensa.
Su camisa desabrochada
me mostró su piel morena,
sus brazos fuertes de hombre,
su hermosura y su destreza.
Le sonreí y callé.
Él miraba la dehesa
y en un segundo, mi sangre
se removió de tal manera,
que ni el torrente más grande
calmaría mis candelas.
Cuánta dicha hubo en mi alma.
Cuánto dolor y miseria.
Mis labios lloraban, reían,
sabedores de mi pena,
de mi pena y mi alegría,
de mi risa y mis carencias.
Querían pronunciar su nombre,
darle mi luna y mi estrella,
ofrecerle mis senderos,
mi vida entera, mi hacienda,
tatuármelo todo entero
con tinta imborrable y densa
para sentir mis caricias
sobre su cuerpo de hierba.
(Y si no entiende mi arrobo?
y si ofendo su entereza?)
No hizo falta confesión alguna.
Él comprendió la certeza
que nació en mis adentros
y me miró con fijeza.
Nuestros labios se juntaron
en un beso eterno y mudo
sin mirarnos tan siquiera.
La noche se establecía.
Un cielo de nubes quietas
sobre las aguas calmadas
del aljibe y las acequias
dibujó espejos azules
amarillos y magentas.
Las calles del pueblo cerraron
miradores y cancelas
cuando veían a dos hombres
de la mano por la acera.
Ay, los murmullos de la esquina.
Ay, mis silencios de fiera.
Qué desdén el de sus ojos.
Qué pecado en esas lenguas.
Qué manera de ensuciarnos.
Qué inmundicia y qué miseria.
Qué de rezos pretenciosos
en alcobas y en iglesias.
Yo le amo y él me ama.
Contra esto no hay sentencia.
El amor nos purifica,
emblanquece el alma entera,
nos vacía de los oscuro,
nos contagia de pureza,
nunca duda ni maldice,
jamás teme ni sospecha.
El amor sólo es un ramo
que nos da la primavera
de gardenias y amarantos,
de caricias y sorpresas.
¿Quién cuestiona nuestro idilio?
¿Qué frustración lo genera?
¿Quién maldice nuestros besos,
la verdad de mis querencias?
Dejémosles con su rabia,
con su mofa y decadencia.
Que sigan, que se harten.
El amor es resistencia.
No hay nada que lo doblegue.
Somos lo único que cuenta.
Esto será para siempre.
hasta que me muera o te mueras
y hasta después de la muerte,
dos cenizas, dos pavesas,
seguirán destilando amor
en cada siglo que venga.
Málaga, 1 de julio de 2017.
viernes, 29 de octubre de 2010
EN LAS PENUMBRAS DEL ALBA
En silencio, en nuestra alcoba,
agarrado a la almohada
me desangré entre las horas
sin decir una palabra.
Mis ojos estaban fijos
al cristal de la ventana.
La noche se estableció
como la sal de mis lágrimas.
"¡Y que no viene, Dios mío!"
-en mi suspiro exclamaba-
"A quién le da sus caricias,
la locura de sus ansias?"
Y aquí me encuentro perdido
en las penumbras del alba
amarrándome las piernas
para no ir a buscarla.
¿Cómo dormir tan solo
en la oscura madrugada,
sintiéndola en otros brazos
resuelta y enamorada?
¡Cómo golpeo y muerdo
las flores de su almohada!
¡Cómo la beso, cómo la huelo,
cómo siento su fragancia!
Pronto se hará de día,
sus pasos oiré en la sala.
Me hará ver que está rendida
tras una noche tan larga
de ocho horas de trabajo
cuidando a esa pobre anciana.
Y yo sonreiré y la besaré en la cara
y en silencio seguiré muriendo
al oler los besos de otro
aún calientes de otra cama.
jueves, 28 de octubre de 2010
...Y A MÍ SE ME CAYÓ EL LLANTO
Allí estaba con su vida terminada,
con dos lirios acechando sus ojeras.
Todo el luto se salió de mi mirada
al sentir su cuerpo inerte entre la cera.
Y a mí se me cayó el llanto por la cara
sintiendo su pinchazo en mi quimera.
Las sombras invadieron nuestra casa
Mi abrazo fue su féretro de seda.
Ya se fue su dulce aroma de las sábanas.
Son pañuelos en las noches, de mi pena.
Aún espero su caricia en las mañanas
y despierto desolado entre la niebla.
Y a mí se me cae el llanto por la cara,
saliéndose de mí mi vida entera.
Calciné aquella pasión desesperada
con el fuego de su adiós que me atormenta.
No hay pomada que me cure de esta llaga.
Ya no sirven las palabras lastimeras.
La postilla me la arranco con mis lágrimas.
Esta herida para siempre estará abierta.
Y a mí se me cae el llanto por la cara
consumido por los años y la espera.
Su nombre será mi última palabra
y su amor… lo último que sienta.
miércoles, 20 de octubre de 2010
ROMANCE DEL ENGAÑADO
Mira si tengo yo arte
que aunque no debo quererte
aquí estoy por perdonarte.
Que no fue por cobardía
que te ofrecí mi perdón.
Fue... por hombría,
no por mi buen corazón.
En la cuna y tan chiquita
duerme el fruto de mi amor.
Ella fue la causante
de que entrase yo en razón.
Y aunque me cueste trabajo
seguir mirando tu cara
tengo que entrar por todas
aunque me muerda hasta el alma.
Y si hace tiempo perdí
eso que llaman confianza
te suplico por su vida
que te esmeres en criarla,
que ella no tiene la culpa
de absolutamente nada.
Que nunca nos vea reñir.
Al contrario: buenas caras.
Que si tengo que volver a amarte
y acariciar de nuevo tu cara...
que si tengo que besar tus labios
y poner fecha a la alianza
te aseguro que lo haré
si por ello yo alcanzara
que por siempre de aquel hombre
tú algún día te olvidaras,
que no hallara en ti la sombra
de tu pasión desgarrada,
que no descubriese en tus ojos
un resquicio de nostalgia,
ni un minuto del recuerdo
de su nombre en tu mirada.
Si estás dispuesta a quedarte,
quédate, esta es tu casa.
Yo estaré dispuesto a todo
si decides no dejarla.
Que ella es la sal de mi vida,
mi arco iris, mi mañana,
el rocío de la noche
y el azul de la alborada.
Yo trataré de quererte
como nunca yo te amara
y te llevaré del brazo
como antes te llevaba.
Seguiremos ante el mundo
como aquel matrimonio sin tacha,
como aquellos enamorados
que tanto amor se demostraban.
Seré por ti lo que quieras
con tal de que no te vayas.
Y si resulta que un día
esta pena que me embarga
muriera por tus tequieros
y por la luz de tus llamas
podría morir tranquilo
sin decir una palabra.
Ahora no puedo quererte.
Tu produjiste las llagas
que aún contiene mi cordura.
Mi decepción aún me mata,
va mordiendo a cada instante
como una vil alimaña-
la carne de mi corazón
y la raiz de mis entrañas.
Pero el tiempo que es muy sabio
sabrá guardar esta espada
que convierte mi sonrisa
en lo amargo de estas lágrimas.
Lágrimas que sin vida vierto.
Lágrimas que me desangran.
Fuengirola-Málaga, 24-25 de febrero de 2002
POEMA DE LA MALA SANGRE
Yo me tragué las piedras de la calle
y mastiqué tus ausencias consentidas.
Yo enloquecí y hasta mi propia sangre
se convirtió en amargura derretida.
Tú fuiste mala hierba en mi camino
y succionaste sin piedad toda mi vida.
No te importó grabar a fuego tu deshonra
al cobijo seductor de aquella esquina.
Derramaste tu maldad sobre tu rostro.
Fui lagar donde pisaste enloquecida.
Mala sangre es lo que corre por tus venas.
Mala sangre me dejaste en mis vigilias.
Ya no sé si despertarme de este sueño
donde sufro agazapado mi desdicha.
Tu desprecio destruyó mis ilusiones,
los proyectos que contigo emprendería.
Pero el mal que rezumaba de tu alma
flageló sin compasión aquella herida
que sangraba sin cesar por tu pecado,
que sangraba con tu sangre envilecida.
Hoy la vida te ha pasado sus facturas
derrumbando tu arrogancia endurecida.
Ya los años te dan miedo, te acobardan
y estás sola, en las penumbras sumergida.
Ahora duermes agarrada a una botella
sin hallar ninguna puerta de salida.
Sólo quieres disfrazar a tu conciencia
que te muerde sin piedad, como un caníbal.
Mala sangre destilaste en tus veredas.
Mala sangre se estancó en ti un mal día.
Mala sangre que envenena al que te toca.
Mala sangre que se muere en ti, podrida.
Y hasta el último suspiro de tu boca
estará latiendo en ti, de noche y día.
Fuengirola, 2001.
ROMANCE DE JUAN DE DIOS
Juan de Dios es un gitano
de anchas patillas blancas,
con sombrero de gamuza
y negro traje de pana.
Un clavel de rojo encendido
lleva puesto en la solapa
y en los pies, como una reliquia,
sus botines de media caña.
En su rostro están los años
de una vida ya pasada
y el bronce del atardecer
que tienen los de su raza.
Una vara verde de almendro
es su fe de patriarca
pero su negro pasado enturbia
el brillo de su arrogancia.
Cantando va por lo bajo
en medio de la calle Ancha
unas tristes malagueñas
que le destrozan el alma.
No le deja la conciencia.
El remordimiento le mata.
La vida siempre devuelve
lo mismo que se le paga.
Lampando va por tabernas
con al única esperanza
de que alguien le convide,
de inspirar alguna lástima
y así sacarle unos duros
a cambio de alguna gracia.
Fue el más tirano de todos
con todos los de su casa,
dictador, desconfiado...
de autoridad trasnochada.
Sus hijos no se atrevían
ni a mirarle a la cara
y de noche se dormían
-entre insultos y amenazas-
con el miedo agazapado
y anhelando la mañana.
Juan de Dios es ya muy viejo.
Se le acabó la jactancia.
Sus últimos años vive
entre sollozos y lágrimas,
lágrimas que fue ganando
a cambio de no dar nada.
Se recoge a altas horas,
cerca de la alborada.
A menudo para sus pasos
bajo una farola apagada.
Ya no puede con su vida.
La soledad le apuñala.
Da pena verlo tan solo
con su pena a las espaldas.
Da pena verlo tan roto
cuando llega la mañana.
Después a empezar de nuevo,
pero sus ojos le delatan.
De nada sirve el sombrero,
ni el traje negro de pana,
ni el clavel de rojo encendido
que se prende en la solapa.
Cuando alguien tiene una pena
nunca puede disfrazarla.
El pesar es transparente
igual que el cristal y el agua.
Juan de Dios está muy malo.
Solo se muere en su cama.
Nadie cerrará sus ojos
cuando se apague su llama,
ni pondrá un pañuelo blanco
sobre su cara gitana.
Juan de Dios murió rezando.
En silencio quedó su casa
y en un rincón de su cuarto
sus botines de media caña.
Fuengirola, 20 de septiembre de 2001.
ERA UNA TARDE DE ABRIL
Parece que fue ayer
cuando nos dimos de cara.
Era una tarde de abril,
de esas tardes de luz clara
que te invita a dar paseos
por la arena de la playa.
Allí te ví con tu perro
jugueteando con el agua.
Tú, vestida de blanco
con aquel vestido de gasa.
Yo, descalzo por la arena
con mi sombrero de paja.
-Buenas tardes- te dije.
Tú, te quedaste callada,
ni me miraste siquiera,
ni un gesto, ni una palabra.
Tu perro era tu mundo,
lo que tenía importancia.
Seguí mi camino muy serio
con mi orgullo a las espaldas.
Allí te dejé tranquila
apoyada en una barca,
pero sentí el impuso
-conforme más me alejaba-
de volver a estar contigo,
de robarte esa palabra
que mitigara la pena
que tu silencio me daba.
-Buenas tardes- te dije de nuevo.
Tú, como de mármol tallada
seguiste quieta en la tarde
y el celeste en tu mirada.
Me puse frente a ti.
Nos miramos cara a cara
y después te sonreí,
pero seguiste callada.
De pronto tus manos hablaron,
mas yo no entendí nada.
Querías decirme algo,
pero no con tu garganta,
ni con tus labios marchitos.
Sólo tus manos blancas
expresaban tu alegría,
pero mis ojos lloraban
cuando por fin comprendí
el error de mi obstinada
insistencia,
el afán de sacar una palabra
de aquella boca preñada de silencios
y de sonrisa tan franca.
De pronto, tus manos cesaron
de escribir en el aire
cuando brotaron mis lágrimas,
para enjugar mi torpeza,
mi presunción y mi rabia.
Desde entonces soy tu oído,
sinfonía de cien arpas
adheridas a mis brazos
en orquesta imaginaria.
Soy tu boca
y me fundo en mil canciones,
me destrozo la garganta
hasta quedarme sin voz
y comprender tu desgracia.
Oh, tortura de mi vida,
agua turbia de mis ansias.
Oh, corazón destrozado.
Qué pena siento, qué lástima.
Si yo supiera, amor mío,
que callando se te abrían los oídos
y la cueva oscura de tu garganta,
ahora mismo, con estas tijeras
me cortaba la raíz de mis palabras,
me arrancaba hasta la lengua
si hiciera falta.
Dibuja en el aire un tequiero,
que yo te daré mi alma,
y en mi verso enamorado,
donde descansa mi calma,
hallarás el eterno verano
de un corazón en llamas.
Fuengirola, 16 de enero de 2001
SOLEDAD DEL CUERPO PRESENTE
Soledad en mi boca callada.
Soledad en mis ojos cerrados.
Soledad en mi tez demacrada.
Soledad en la sal de mi llanto.
Soledad en mi herida garganta.
Soledad en mi oído y mi tacto.
Soledad en mi puerta cerrada
que yo mismo cerré a cal y canto.
Ay soledad de mi risa,
de la risa que ya me ha dejado.
De la risa de aquel niño de espuma
se hizo el eco un collar de quebrantos.
Soledad de mi alma yacente
en un lecho de desidia y letargo.
Soledad de aquel cuerpo presente
que se fue como el viento de marzo.
Ay soledad de la esquina,
del que espera enamorado.
Ay soledad de la acera
que aún contiene su sombra y sus pasos,
su perfume de cedro y almizcle,
sus canciones de versos tallados
en la tuera de mi pensamiento
y en la raya de mis labios.
Ay soledad de mi casa.
Ay de mi cuerpo cansado,
del gemido sin consuelo,
de mi grito desbocado
que choca como un torrente
contra los muros del patio.
Ay soledad de su muerte,
de su nombre sobre el mármol,
de la noche, de la lluvia
del ciprés, del verano,
del canto de la oropéndola
sin tenerla entre mis brazos.
Fuengirola, 1-2 de enero de 2001
martes, 12 de octubre de 2010
ROMANCE DE LAS CUATRO LUNAS
¿Qué le pasa al alma tuya
que en la noche se desangra?
¿Dónde fueron tus tequieros
y tu sonrisa de nácar?
Se fueron un día solos
allá donde nace el alba,
a aquel lugar lejano
detrás de las montañas.
Una noche desperté
y hallé vacía mi cama,
sin su cuerpo de trigo dormido
y aún caliente su almohada.
Salté como una loca
igual que si me clavaran
alfileres en los pechos
y en mitad de la garganta.
La ventana estaba abierta,
con los visillos de gasa
volando por toda la alcoba
como dos palomas blancas.
Y me asomé sin aliento,
como si aquello me ahogara,
con el temor en la sangre
de una sospecha saciada.
El resplandor de la luna
me clavó una puñalada
cuando ví a lo lejos dos cuerpos
que del pueblo se alejaban.
No lloré ni grité su nombre.
Aquello me lo esperaba,
estaba en la boca de todos,
era una muerte anunciada.
Pero aunque yo sabía de más
que era a ella a quien amaba,
que la nombraba hasta en sueños
mientras yo me marchitaba
con aquel nombre en mi oído
que con rabia me tapaba,
siempre me dormía soñando
que su corazón cambiara.
Y aquí sigo en esta alcoba
que dio vida a mis entrañas,
con su semilla creciendo
como crece la retama.
Dentro de cuatro lunas
lo tendré sobre mi cama.
De gozo clamará mi boca
cuando yo bese su cara,
cuando lo meza en mis brazos
y lo duerma con mis nanas.
Ahora sólo quiero llenarme
de sol, de alegría, de agua
y enterrar esta desdicha
que aún contiene mi calma.
Dentro de cuatro lunas
lo tendré sobre mi cama.
Ensayaré mil sonrisas
desde que despunte el alba.
Y si en medio de la noche
el dolor me despertara
yo seguiría riendo
esperando la mañana.
¿Que qué le pasa al alma mía
que en la noche se desangra?
¿Que dónde fueron mis tequieros
y mi sonrisa de nácar?
Regresaron a mi vida
desde donde nace el alba,
desde aquel lugar lejano
muy detrás de las montañas.
El Este a mí me ha ofrecido
la aurora de la esperanza
y una vida que en mí galopa
como una yegua desbocada.
Fuengirola-Málaga, 22 de febrero de 2002.
SILENCIO, SÓLO SILENCIO
Nos presentaron en julio
en una noche de feria,
entre el humo de los churros
y el rumor de las casetas.
Su vestido era una luna
engarzada a una camelia
y el coral de sus zarcillos
dos lágrimas de sangre quieta
suspendidas en el aire
lo mismo que los planetas.
Yo la miré fijamente,
como se mira a una estrella,
y ella, de rubor encendida
lo mismo que una candela
grabó en su frente hermosa
mi nombre, letra por letra.
Yo me sentí enardecido
lo mismo que estaba ella.
Mi corazón daba brincos
lo mismo que una gacela,
y sentí en mis adentros
una sensación tan nueva
que se detuvo el sonido
en medio de aquella fiesta.
Aquella noche de julio
destrocé aquella careta
que ocultaba mi amargura,
que encubría mi secreta
esperanza de encontrarla,
de saber a ciencia cierta
que algún día surgiría
como el alba, discreta,
calándome hasta el hueso
con su sonrisa serena.
Cómo sentí sus palabras
de involuntaria cadencia,
el contacto de su mano
que traicionó la firmeza
de aquel muro inquebrantable
que ocultaba mis miserias.
Cómo vibraba mi alma,
mis latidos, mi sangre entera.
Cómo sentí en mis adentros
toda la savia de la primavera.
En aquel momento mismo,
igual que una sombra negra
que apareciese de pronto
al final de una callejuela,
apareció un hombre erguido,
de figura tan resuelta,
que enseguida comprendí
el pavor de mi torpeza.
La tomó de la cintura
como una pieza
que gustara exhibir al mundo
a cambio de unas monedas.
Ella bajó la mirada,
y sentí tanta vergüenza,
tanta rabia amortiguada
en mi garganta de fiera,
que quise morirme allí mismo
de soledad, de amor y de pena.
Oh, silencio en el silencio,
cuchillo que me envenena.
Oh, silencio de mi sangre
que se me pudre en las venas.
Oh, silencio en mis palabras.
Oh, silencio en mis ojeras.
Silencio, sólo silencio.
En silencio muero por ella.
Málaga, 4 de octubre de 2001.
EN EL NÚCLEO DE MI VIDA
Si hubieras entrado antes
Si hubieras llamado a gritos
a mi oído ensordecido…
Si hubieras acariciado
mi soledad día tras día…
Si hubieras estado atento
a lo amargo de mi olvido…
Si hubieras llorado a mares
al compás con mi tristeza…
Si me hubieras levantado
cuando estaba tan hundido…
hoy seríamos decanos en amarse,
el deleite del ayer nos rompería,
llorarían nuestros ojos hasta empaparse
de este agua de una vida ya vivida.
Pero al fin nuestras miradas se encontraron
caminamos por el puente, ya sin prisas
y cruzamos por la noche, de la mano,
la rivera que apagaba nuestra risa.
Hoy andamos un camino iluminado
en aceras con farolas encendidas.
No hay tinieblas, -tú me amas, yo te amo-
Todo es sol y claridad de mediodía.
Mi garganta es una alondra en la mañana
que te dice enamorada, buenos días.
Sólo vive para darte mis tequieros
y decirte verso a verso mi poesía.
Mi mirada se me nubla por tu ausencia
y la tuya se te muere con la mía.
Las horas desintegran la congoja,
el desdén que yo proclamo día a día.
Pronto nos tendremos, bien amado.
Yo tendré tu vida y tú mi vida.
Tú tendrás los besos de mi boca,
yo, tu sangre enamorada y tu sonrisa.
Fuengirola, 16 de junio de 2008
ROMANCE DEL ABANDONADO
No callarse.
Seguid comentando mi pena.
Seguid arañando mi alma.
La ponzoña que hay en vuestras bocas
ya no causa litigio en mi calma.
Sólo os pido una cosa:
A ella... ¡ni nombrarla!
Que no se empañe su nombre
con vuestras sucias palabras.
Si ella se marchó aquel día
dejándome solo en mi casa
fue por razones muy nuestras
que a nadie le importa nada.
Si lloro por los rincones
y me veis con la cabeza baja...
Si bebo más de la cuenta
y el aliento me delata...
hablad si queréis de eso,
hablad de lo que os plazca,
pero que yo no me entere
que alguien se atreva a nombrarla,
porque juro por mi vida,
por su amor y mi desgracia
que con la furia de mis manos
le arrancaré las entrañas.
Si me véis vagar por las calles...
Si notáis que no salgo de casa...
Si mi palidez es de cirio
y la pena a mí me embarga...
criticad todo eso si os place,
que no diré una palabra.
En silencio quedará mi boca
y olvidaré mi amenaza.
No saldrá un sólo reproche
de mi cansada garganta.
Pero a ella dejádla tranquila.
Su honra permanece blanca
como el jazmín y la nieve,
como la espuma y el nácar.
Ella es oro acrisolado,
diamante de rica talla.
Ella es luna de verano.
Es el sol de la mañana.
Es lumbrera de la noche
y es el lucero del alba.
Si alguien tiene la culpa
aquí está el que ahora os habla,
el que muere a cada instante,
a cada segundo que pasa.
Hablad de mi vida corrupta.
Arrastrádme por la plaza.
Y si algún día, al verme,
resulta que os causo lástima,
escondéos, que no os vea.
La compasión y las lágrimas
son para los que tienen corazón
y yo soy la peor alimaña
de los nacidos de madre,
el de la peor calaña.
Pero a ella ni la nombréis.
¡A ella ni tocarla!
Que la traición no la ensucie,
que siga limpia su espalda
de vuestras frases de cieno,
de vuestra cobarde cizaña.
De lo que quede de mí
haced lo que os venga en gana,
pues sin ella ya estoy muerto
como mueren las mañanas.
Y en lo oscuro de lo oscuro,
en lo más oculto del alma
su recuerdo me destroza
como se quiebra una caña.
Fuengirola, 8-9 de septiembre de 2001
ROMANCE DE LA PENA CALLADA
Que se se calle todo el mundo.
Que me dejen con mi pena.
Que destilen las reuniones
en callejas y rincones
el veneno de sus lenguas.
Pero que nadie me hable.
¡Ni se me acerque siquiera!
Prefiero sentir el silencio
de la muerte y de la espera
con esta angustia callada
que me rasga el alma entera.
Voy rozando la locura,
delirando, sin más tregua
que el escucharla de nuevo
y sentir sus pasos cerca.
De imaginarla cantando.
De acariciar su melena
negra como la noche,
como la noche de negra.
Como su alma y mi vida.
Como su adiós y mi queja.
Como su sangre y mi llanto
derramado en mis tinieblas.
Os lo pido por mi sueño,
por el latido que me queda,
por el resuello de mi boca
medio viva y medio muerta.
Os lo pido por mí mismo.
Si me queréis de veras
que nadie me diga nada.
¡Ni se me acerque siquiera!
Que quiero lamer yo solo
el limón agrio de mi tristeza.
Ni un susurro, ni una palabra,
ni una frase lastimera.
Dejádme a solas conmigo
igual que la luna nueva.
Que nadie recuerde que existo,
ni que nací tan si quiera.
Esta noche saltaré yo solo
la línea de la impaciencia.
Correré por calles oscuras
hasta quedarme sin fuerzas.
Preguntaré a los caminos,
a los árboles, a las estrellas.
Me romperé todo entero
por encontrarme con ella.
Y si al hallarla me dice
que me vaya y me desprenda
de su recuerdo, y me muera,
¡aún así he de llorarla!
¡aún así he de quererla!
Así que callad esas bocas
y dejádme con mi pena.
Que pueda morir tranquilo
como un nardo sin esencia.
Que me dejen con mi pena.
Que destilen las reuniones
en callejas y rincones
el veneno de sus lenguas.
Pero que nadie me hable.
¡Ni se me acerque siquiera!
Prefiero sentir el silencio
de la muerte y de la espera
con esta angustia callada
que me rasga el alma entera.
Voy rozando la locura,
delirando, sin más tregua
que el escucharla de nuevo
y sentir sus pasos cerca.
De imaginarla cantando.
De acariciar su melena
negra como la noche,
como la noche de negra.
Como su alma y mi vida.
Como su adiós y mi queja.
Como su sangre y mi llanto
derramado en mis tinieblas.
Os lo pido por mi sueño,
por el latido que me queda,
por el resuello de mi boca
medio viva y medio muerta.
Os lo pido por mí mismo.
Si me queréis de veras
que nadie me diga nada.
¡Ni se me acerque siquiera!
Que quiero lamer yo solo
el limón agrio de mi tristeza.
Ni un susurro, ni una palabra,
ni una frase lastimera.
Dejádme a solas conmigo
igual que la luna nueva.
Que nadie recuerde que existo,
ni que nací tan si quiera.
Esta noche saltaré yo solo
la línea de la impaciencia.
Correré por calles oscuras
hasta quedarme sin fuerzas.
Preguntaré a los caminos,
a los árboles, a las estrellas.
Me romperé todo entero
por encontrarme con ella.
Y si al hallarla me dice
que me vaya y me desprenda
de su recuerdo, y me muera,
¡aún así he de llorarla!
¡aún así he de quererla!
Así que callad esas bocas
y dejádme con mi pena.
Que pueda morir tranquilo
como un nardo sin esencia.
ÚLTIMA VOLUTAD
Vestid de lienzos mi cuerpo.
Poned un pañuelo en mi cara.
Quemad alhucema e incienso
y perfumad mi mortaja.
Llorádme cuando haya muerto.
Que no se sequen las lágrimas.
Alzad oraciones al cielo.
Sujetad vuestras entrañas.
Que se cierre cada puerta,
los balcones, las ventanas,
que la muerte está despierta
acechándome en mi cama
mientras me cierra los ojos
con sus narcóticas garras.
Sobre la colcha de encaje
impasible está sentada,
mientras me mira muy seria
con sus ojeras moradas.
Yo le digo que me duerma,
que me clave su estocada
de escorpiones hambrientos
en mi carne apaleada,
que me fragmente en la tarde
lo mismo que una granada,
que me deje sin recuerdos,
sin aliento, sin el ansia
de sentirla en mi cintura,
sin el ansia de llevarla aquí engarzada
en este pecho sin espíritu
como la joya más cara.
Que acrisole mis tequieros
en el fondo de su fragua,
y cuando estén derretidos
lo mismo que la melaza,
y el corazón quede hueco
como el interior de una caña,
me sentiré complacido
cuando me deje sin alma.
Yo sólo quiero olvidarme
de este amor que me desgarra.
Olvidarme de su olvido,
olvidarme de esta casa
donde viví en las estrellas
y en la más sucia cloaca.
Donde sentí su cariño
y su más fría mirada.
Donde lloré como un niño
cuando de noche enfermaba.
Donde sufrí la locura
de la desdicha callada
y sus adioses eternos,
en sus salidas y entradas.
Por eso, buscad en el arcón
la más blanca de las sábanas,
del lino más delicado,
de inmaculada fragancia
y ceñid con ella mi cuerpo,
que me sirva de mortaja.
Y en un trozo de alabastro,
entre azucenas y dalias
grabad su nombre y el mío
y un epitafio de malvas.
Fuengirola, 13-15 de septiembre de 2000
ESA ACERA INTERMINABLE
Cómo puede mi alma entera estar anclada
en el fondo de este mar que me acongoja,
que sumerge mi alegría y mi alborada
en la noche más oscura y tenebrosa.
Cómo puede estar mi alma masacrada
con cuchillos afilados que la cortan,
que la dejan sin latido y desangrada
y esparcida por la calle de las sombras.
Tus tequieros tan lejanos la desgarran,
la distancia de tus ojos, de tu boca,
esa acera interminable -que no acaba-
y el dolor eterno y mudo de las horas.
No distingue entre la niebla tu mañana,
sólo sabe pronunciar tu nombre a solas
y hoy se muere en esta fría madrugada
lo mismo que un clavel que se deshoja.
Fuengirola, 25 de noviembre de 2006
en el fondo de este mar que me acongoja,
que sumerge mi alegría y mi alborada
en la noche más oscura y tenebrosa.
Cómo puede estar mi alma masacrada
con cuchillos afilados que la cortan,
que la dejan sin latido y desangrada
y esparcida por la calle de las sombras.
Tus tequieros tan lejanos la desgarran,
la distancia de tus ojos, de tu boca,
esa acera interminable -que no acaba-
y el dolor eterno y mudo de las horas.
No distingue entre la niebla tu mañana,
sólo sabe pronunciar tu nombre a solas
y hoy se muere en esta fría madrugada
lo mismo que un clavel que se deshoja.
Fuengirola, 25 de noviembre de 2006
LAS TÚRDIGAS DEL CORAZÓN
Las túrdigas del corazón
yo me arrancaba ahora mismo
para llorar con tesón
tu maldad y tu cinismo.
No te importó mi estupor
al empujarme al abismo,
ni si quiera mi dolor
al verme solo y perdido.
Y aquí estoy en un rincón
con mi cuerpo entumecido
soportando tu rencor
y tu odio envilecido.
A ti sólo te importó
la opinión de tus amigos,
los que cantan tu canción
y repiten tu estribillo,
los que te dan la razón
por unas copas de vino,
amigos de mostrador,
hipócritas del casino,
los que te hacen creer
que aún admiran tu prestigio.
Fue mucho para tu honor
encontrarme en tu camino,
poca cosa, diría yo,
mucho menos que un comino,
y encima respondedor
a tus estúpidos dichos.
Si una vez te dí mi amor
-oye bien lo que te digo-
fue por mi corazón,
por seguirle los instintos.
Que sin conocerte yo
se enamoró mi latido
de tu nombre, del candor
que me diste estremecido.
Y yo, aprendiz de ese calor
que se metió en lo más íntimo
dediqué todas mis horas
a seguirte como un niño.
Todo lo dejé por ti
pese a mis años cumplidos.
Tiré al río mi reloj
por todo el tiempo perdido
y me llené de valor
destrozando mi destino.
Las túrdigas del corazón
me arrancaba yo ahora mismo
si te dedico un minuto
o quisiera estar contigo.
Me echaría, gota a gota,
ácido en los sentidos
para verte eternamente
igual que a un desconocido.
Fuengirola, 28 de noviembre de 2006.
yo me arrancaba ahora mismo
para llorar con tesón
tu maldad y tu cinismo.
No te importó mi estupor
al empujarme al abismo,
ni si quiera mi dolor
al verme solo y perdido.
Y aquí estoy en un rincón
con mi cuerpo entumecido
soportando tu rencor
y tu odio envilecido.
A ti sólo te importó
la opinión de tus amigos,
los que cantan tu canción
y repiten tu estribillo,
los que te dan la razón
por unas copas de vino,
amigos de mostrador,
hipócritas del casino,
los que te hacen creer
que aún admiran tu prestigio.
Fue mucho para tu honor
encontrarme en tu camino,
poca cosa, diría yo,
mucho menos que un comino,
y encima respondedor
a tus estúpidos dichos.
Si una vez te dí mi amor
-oye bien lo que te digo-
fue por mi corazón,
por seguirle los instintos.
Que sin conocerte yo
se enamoró mi latido
de tu nombre, del candor
que me diste estremecido.
Y yo, aprendiz de ese calor
que se metió en lo más íntimo
dediqué todas mis horas
a seguirte como un niño.
Todo lo dejé por ti
pese a mis años cumplidos.
Tiré al río mi reloj
por todo el tiempo perdido
y me llené de valor
destrozando mi destino.
Las túrdigas del corazón
me arrancaba yo ahora mismo
si te dedico un minuto
o quisiera estar contigo.
Me echaría, gota a gota,
ácido en los sentidos
para verte eternamente
igual que a un desconocido.
Fuengirola, 28 de noviembre de 2006.
DELIRIO
Esta tarde sentí un escalofrío
de dagas desnudas en mi cuello,
recordando tus labios en los míos,
tus besos que apagaron mi resuello.
Mi piel vibraba entera por tu olvido.
Sentí que fue mentira todo aquello.
de dagas desnudas en mi cuello,
recordando tus labios en los míos,
tus besos que apagaron mi resuello.
Mi piel vibraba entera por tu olvido.
Sentí que fue mentira todo aquello.
Qué solo me encontré, cariño mío,
al ver mi cuerpo inerte sin tu cuerpo.
Salí a la calle solo enloquecido
llamándote sin voz en mis adentros.
Mis sienes reventaban sin latido.
Mi boca se quedaba sin aliento.
Buscándote sin alma en mi martirio
andaba sin andar, igual que un muerto.
Sentí la burla inicua de los niños
al verme dando pasos de muñeco.
"Decídme, por favor, si lo habéis visto.
Contádme si sabéis su paradero.
Hacédlo, y llenaré vuestros bolsillos
de canicas de cristal y caramelos.
Mirad, mirad su nombre en este anillo.
Sus ojos son azules como el cielo,
su voz, como la carne de membrillo,
y es como un gitano de moreno"
Y así pasé la tarde en mi delirio,
hablándoles de ti hasta a los perros.
Amor, regresa a mí, te lo suplico.
Devuélveme el sentido con tus besos.
Fuengirola, 27 de abril de 2006
al ver mi cuerpo inerte sin tu cuerpo.
Salí a la calle solo enloquecido
llamándote sin voz en mis adentros.
Mis sienes reventaban sin latido.
Mi boca se quedaba sin aliento.
Buscándote sin alma en mi martirio
andaba sin andar, igual que un muerto.
Sentí la burla inicua de los niños
al verme dando pasos de muñeco.
"Decídme, por favor, si lo habéis visto.
Contádme si sabéis su paradero.
Hacédlo, y llenaré vuestros bolsillos
de canicas de cristal y caramelos.
Mirad, mirad su nombre en este anillo.
Sus ojos son azules como el cielo,
su voz, como la carne de membrillo,
y es como un gitano de moreno"
Y así pasé la tarde en mi delirio,
hablándoles de ti hasta a los perros.
Amor, regresa a mí, te lo suplico.
Devuélveme el sentido con tus besos.
Fuengirola, 27 de abril de 2006
ROMANCE DE MIS MANOS
Mira cómo tengo las manos
queriendo buscar tu boca,
sonámbulas en la noche,
tropezando como locas
por el pasillo y la sala,
por el zaguán y la alcoba.
Mira cómo languidecen.
Se sienten muertas y solas.
Sin sangre que las caliente
se apagan como farolas.
Mira cómo las tengo,
girando como una noria
queriendo alcanzar la acera
donde dibujas tu sombra.
Mira -¿las estás viendo?-
Mira cómo me lloran
al escribir tu nombre en el aire.
Son dos pabesas sin forma.
Son dos racimos de espuma
que se pierden en las olas,
dos estrellas sin tu cielo
que se enfrían sin tus horas,
dos corazones sin pulso,
dos sirenas que se ahogan.
Mira cómo están sedientas
sin tu besos, sin tu aroma...
sin tu sonrisa al tocarlas,
sin la verdad de tu boca,
sin la brisa de tus labios
al sentirlas calurosas,
sin la trenza de tus dedos,
sin tu anillo y sin tus rosas...
Mira, amor, cómo esperan
que se mueran tus congojas,
cómo reviven de pronto.
Son dos yeguas que galopan,
lazarillos que te guían
en tus veredas inhóspitas,
abogadas de tu culpa
en condenas sin mazmorras,
nodrizas para tu insomnio,
alarmas en tu zozobra.
Mira cómo están mis manos.
Mira, cómo están ahora:
Están llenas de tequieros,
de los besos de mi boca.
Fuengirola, 19 de abril de 2006
queriendo buscar tu boca,
sonámbulas en la noche,
tropezando como locas
por el pasillo y la sala,
por el zaguán y la alcoba.
Mira cómo languidecen.
Se sienten muertas y solas.
Sin sangre que las caliente
se apagan como farolas.
Mira cómo las tengo,
girando como una noria
queriendo alcanzar la acera
donde dibujas tu sombra.
Mira -¿las estás viendo?-
Mira cómo me lloran
al escribir tu nombre en el aire.
Son dos pabesas sin forma.
Son dos racimos de espuma
que se pierden en las olas,
dos estrellas sin tu cielo
que se enfrían sin tus horas,
dos corazones sin pulso,
dos sirenas que se ahogan.
Mira cómo están sedientas
sin tu besos, sin tu aroma...
sin tu sonrisa al tocarlas,
sin la verdad de tu boca,
sin la brisa de tus labios
al sentirlas calurosas,
sin la trenza de tus dedos,
sin tu anillo y sin tus rosas...
Mira, amor, cómo esperan
que se mueran tus congojas,
cómo reviven de pronto.
Son dos yeguas que galopan,
lazarillos que te guían
en tus veredas inhóspitas,
abogadas de tu culpa
en condenas sin mazmorras,
nodrizas para tu insomnio,
alarmas en tu zozobra.
Mira cómo están mis manos.
Mira, cómo están ahora:
Están llenas de tequieros,
de los besos de mi boca.
Fuengirola, 19 de abril de 2006
SIN TI
El viento del Norte calcina mi rostro.
En silencio caen mis penas al mar.
Mis pasos se funden los mismo que el plomo
y en ridícula mueca me pongo a llorar.
De nuevo el estío me trae sus ojos
y en gemido intenso los míos están.
Las galas de Francia son meros rastrojos
y ni el mismo jazmín su fragancia me da.
Todo mi amor en tu pecho yo arrojo.
Me tatúo entero en tu piel de cristal.
Quiero que me lleves engarzado a tu alma.
Sin ti soy despojo, olvido que se va.
La casa es guadaña que me corta a trozos,
mis lágrimas brillan en la oscuridad.
Sólo te tengo en aquella foto
que un día nos hicimos en nuestro hogar.
Yo la abrazo, la beso, y me ahogo...
sólo y triste con mi soledad.
Sin ti nunca vendrán a mis latidos
el sonido de la felicidad.
Málaga, 3-4 de julio de 2004
En silencio caen mis penas al mar.
Mis pasos se funden los mismo que el plomo
y en ridícula mueca me pongo a llorar.
De nuevo el estío me trae sus ojos
y en gemido intenso los míos están.
Las galas de Francia son meros rastrojos
y ni el mismo jazmín su fragancia me da.
Todo mi amor en tu pecho yo arrojo.
Me tatúo entero en tu piel de cristal.
Quiero que me lleves engarzado a tu alma.
Sin ti soy despojo, olvido que se va.
La casa es guadaña que me corta a trozos,
mis lágrimas brillan en la oscuridad.
Sólo te tengo en aquella foto
que un día nos hicimos en nuestro hogar.
Yo la abrazo, la beso, y me ahogo...
sólo y triste con mi soledad.
Sin ti nunca vendrán a mis latidos
el sonido de la felicidad.
Málaga, 3-4 de julio de 2004
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