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sábado, 16 de noviembre de 2013

UN CUENTO DE NAVIDAD




UN CUENTO DE NAVIDAD
Miriam se levantó aquella mañana un tanto melancólica. Se estaba acercando la navidad y no veía la manera de celebrarla. Su familia había menguado en unos pocos años y sólo quedaba ella. No tenía a nadie en la vida, quizás unas primas, pero jamás habían mantenido una relación estrecha y no era plan de telefonearlas a estas alturas, sólo por ser navidad. Aquel año fue el más amargo de su vida, su madre murió unos meses antes y se quedó completamente sola. Pero había decidido poner el árbol de navidad y el belén, incluso una guirnalda de abeto con bolas de colores en la puerta de la casa.
Una tarde antes había salido a comprar nuevos adornos y cuando llegó a la sección de las felicitaciones comenzó a mirarlas, pero cayó en la cuenta de que no tenía a nadie a quien enviarle ni una sola de aquellas preciosas tarjetas. Aquello fue lo que realmente la entristeció y lo que hizo que aquella mañana se levantase tan apesadumbrada.
De niña fue muy feliz en su casa con sus padres y sus dos hermanas, le encantaba cuando su madre subía del sótano la caja donde guardaba las figuras del belén y su padre venía con el árbol atado en la baca del coche. Aquellas ocasiones eran muy festivas, cantaban villancicos, ensayaban con los panderos, las zambombas y la clásica botella de anís como instrumentos de percusión y ya comenzaba a oler la casa a borrachuelos y a mantecados recién horneados. Sus hermanas, mayores que Miriam, se dedicaban a adornar los lugares más inaccesibles, el padre a enderezar y fijar bien el abeto y ponerle las luces y ella, con ayuda de su madre, adornaban el árbol. Siempre hacían un sorteo para que el ganador fuese el que pusiese la estrella en la cumbre del árbol.
El teléfono se quedó mudo hacía ya muchos años. Su madre enfermó y ella sólo tenía tiempo para cuidarla, sus amigas comenzaron a llamar cada vez menos, incluso aquel muchacho que tanto la pretendía se alejó, cansado de invitarla a salir y ella rechazara cada una de aquellas propuestas. Así durante más de quince años hasta que la madre falleció.
Hacía ya mucho tiempo que la navidad no era sinónimo de felicidad en su casa, pero ella jamás dejó de adornar la casa y poner el árbol, quería que su madre siguiera sintiendo aquellos días mágicos, aunque la ausencia de su padre y de sus hermanas pesasen en el ánimo de ambas.
Miriam encendió la tele y en la noticias salieron unas cuantas familias en paro que contaban cómo iban a pasar las navidades y se encendió en ella una idea que hasta estuvo a punto de firmarse un autógrafo a sí misma de lo que se admiraba en esos momentos.
Su madre le dejó una sustanciosa suma de dinero como para vivir holgadamente durante toda su vida sin tener que trabajar, así que se puso a hacer cálculos y pudo comprobar que dedicando cierta cantidad de dinero para regalos navideños y una gran cena de nochebuena, multiplicado por 50 navidades, que eran las navidades que estaba dispuesta a celebrar en un futuro, podría realizar aquella idea durante todas las navidades de su vida.
Sabía que doña Paquita, la del quinto, vivía sola y no andaba muy bien de salud; también don Eusebio, el del segundo, un abogado jubilado desde hacía muchos años. Le preguntó al portero si conocía a gente que viviese sola y éste le preparó una buena lista. Cuando vio que había alcanzado la cantidad de ocho personas dejó de buscar y se puso a visitar a cada una de ellas. Unas eran más reacias que otras, pero finalmente todas respondieron a la invitación de Miriam de celebrar la nochebuena juntos en su casa. Se agregó a la lista a Cecilia, una ecuatoriana que se quedó sola con su hijita de seis años tras el abandono de su marido; a Charo con sus dos hijos de siete y diez años, una madre soltera joven que vivía a dos manzanas de ella y que se quedó en paro hacía ya dos años; y a Enrique, un hombre maduro que iba siempre por la calle vestido de mujer, con fama de ser una persona excelente, pero que también vivía solo y sin nadie en el mundo, de joven fue artista de cabaret y pudo ahorrar lo suficiente para retirarse. Aún quedaba sitio para cuatro personas más, pero ya se encargaría ella de buscarlas en la calle, cuatro indigentes serían siempre sus invitados en las próximas nochebuenas, siempre tendrían un baño y ropa nueva y por supuesto, durante todo el año, ella haría un seguimiento para que no les faltase nunca un plato de comida.
El rostro de Miriam se iluminó, ¡le pareció un proyecto tan maravilloso, tan fácilmente realizable…!
Aún quedaban dos semanas para la nochebuena, serían dos semanas llenas de entusiasmo, visitó primeramente a Cecilia y luego a Charo y les pidió su colaboración para poder arreglar la casa apropiadamente para aquellos días. Cecilia y su hija Violeta se pusieron a elaborar adornos y Charo, que cocinaba de maravilla se puso a confeccionar el menú de nochebuena.
Una tarde Miriam propuso a Cecilia y a Charo que les acompañase a la casa de Enrique -aunque a él le gustaba que le llamasen Queta- para que éste fuese con ellas de compras y las asesorara, en plan personal shopper. Estuvo encantado.
Por fin llegó el día 24 de diciembre. Miriam se echó a la calle a buscar a sus indigentes, aunque ya les había echado el ojo a los cuatro que necesitaba para completar su mesa. Se fue a la Alameda y habló con un hombre joven que siempre estaba sentado en el suelo leyendo un libro.
-Hola, buenos días, me llamo Miriam y vivo muy cerca de aquí. Quisiera invitarle esta noche a mi mesa, veo que no le van muy bien las cosas y me gustaría que esta noche tan especial fuese usted un poco más feliz en compañía de buena gente. Piénselo y vuelvo en media hora.
El hombre se quedó sorprendidísimo y miró a Miriam sin pestañear mientras ésta se alejaba rápidamente hacia Puerta del Mar, una vez allí Miriam se fue a calle Nueva, donde solía ver a una señora muy mayor que se ganaba la vida pidiendo mientras cantaba por Conchita Piquer y Juanita Reina, con una voz cansada y rota que te partía el corazón. Allí estaba.
-Buenos días, buena mujer. ¿Sabe usted que canta muy bien?
-Gracias guapa, pero si me hubiera escuchado cuando yo era joven, entonces sí que cantaba bien, pero mi padre no quiso nunca que fuera artista…
-Verá, me he acercado a usted para invitarla esta noche a mi mesa. ¿Qué le parece?
La mujer se echó a llorar, no supo qué decir.
-¡Venga, venga, no se ponga así! ¿Cuál es su nombre?
-Remeditos, siempre me han llamado Remeditos.
-Tanto gusto, Remeditos. No se marche, que dentro de media hora estoy aquí de nuevo para darle una sorpresa.
-Sí, señora, no me muevo de aquí, como usted diga… -dijo la mujer lloriqueando-
Se encaminó hacia la calle Atarazanas para ver si había llegado ya aquella anciana que se solía sentar en el alféizar de aquel escaparate. Le sorprendía que nunca pidiese nada a nadie, pero le constaba que estaba allí para que la socorrieran. Sí, en efecto, ya había llegado, allí estaba como de costumbre, vestida humildemente, pero muy aseada y con la misma cara entristecida de todos los días. Siempre le sobrecogía aquella mirada muerta de esta mujer entrada en carnes y de bellas facciones.
-Buenos días, me llamo Miriam ¿y usted?
-Carmela, para servirla…
-Encantada, señora Carmela. Verá, le voy a proponer una cosa para esta noche tan mágica. Me encantaría que usted cenara conmigo en casa junto a otras personas de bien. Vivo bien cerca de aquí. No quisiera que mi mesa estuviese sin usted esta noche.
-¿Pero por qué hace usted eso? No me conoce de nada, no tiene por qué invitarme, ¡a una desconocida! y menos en una noche tan señalada…
-Precisamente por eso, porque es nochebuena. Y es por un acto egoísta, que no altruísta, que lo hago. Estoy sola en el mundo, mi madre falleció hace unos meses y en casa siempre nos ha encantado la navidad. No quiero dejar de celebrarla nunca en toda mi vida, pero sola no podría hacerlo. Necesito de usted y de otras personas que he invitado también para que sea de nuevo una noche mágica.
-Cuente conmigo y muy agradecida, pero yo no estoy sola, vivo con mi hijo, él está retrasado de nacimiento y pido para él, porque la paga que recibo del Estado es tan minúscula que no nos llega.
-Ah, pues perfecto, les espero a usted y a… ¿cómo se llama su hijo?
-Paquito, se llama Paquito, el ser más cariñoso y bueno que usted se pueda imaginar, a mí me quiere con locura, se pasa todo el día comiéndome a besos.
-Es usted afortunada. Vivir por alguien es muy valioso y lo menos egoísta que existe en esta vida. He quedado con unas amigas aquí mismo, estarán a punto de llegar. Acompáñenos. Tenemos que hacer unas compras y de paso a recoger a un par de personas que como usted, están en la calle pidiendo, son también mis invitados paraesta noche, va a ser una velada maravillosa, ya verá.
Cecilia, Charo y Queta llegaron puntualmente a la cita y fueron en busca del lector indigente de la Alameda y de Remeditos. Había caído en la cuenta de que no sabía el nombre de aquel hombre, claro, no le dio oportunidad a que articulase palabra alguna.
-Ya estoy de vuelta, le presento a Carmela, Remeditos, Cecilia, Charo y Queta, ¿y usted? ¿cómo se llama usted?
-Bueno, no sé de qué va todo esto, pero la verdad, no me huele mal –todos rieron- yo me llamo Felipe. Aquí me tiene, licenciado en Literatura hispánica y parado desde hace cuatro años, he perdido mi casa, mi mujer me dejó, mi gente la tengo lejos y no he tenido cara para regresar con una mano atrás y otra delante.

Pasaron toda la mañana comprando ropa. Cecilia se llevó a Remeditos a su casa para que se bañara y saliese de allí vestida para la cena y Queta se llevó a Felipe para lo mismo. Felipe vivía en una habitación que le pagaba un antiguo compañero de trabajo y Carmela tenia su propia casa en un humilde barrio de la ciudad. Remeditos también vivía en un bajo donde las ratas se paseaban a su antojo, en una de las pocas casas de vecinos que van quedando en el barrio de la Trinidad.

A las 8:30 ya estaban todos en la casa de Miriam. Los villancicos de Bing Crosby sonaban igual que en una de sus películas, el árbol tintineaba con sus cientos de lucecillas y los adornos que hicieron Cecilia y Violeta lucían preciosos en forma de guirnaldas de pared a pared sobre una magnífica mesa maravillosamente adornada con la vajilla de porcelana de la familia.
El timbre de la puerta no dejaba de sonar, la última en llegar fue doña Paquita la del quinto. Don Eusebio hacía un instante que había llegado y allí estaba con una copa de licor en la mano. Todo el mundo hablaba con todo el mundo. ¡Qué noche!
Charo estaba en la cocina terminando de hacer los canapés y un ponche navideño que había aprendido en Inglaterra cuando estuvo de jovencita estudiando inglés en casa de una familia. El árbol era admirado, pero más aún los numerosos regalos que había en su base, lo más normal del mundo cuando hay carencias importantes. La necesidad no sabe de protocolos ni de diplomacia, sólo se fija en poder obtener algo que llevarse a la boca y algo decente que ponerse.
Absolutamente todos resplandecían, no ya sólo por lo bien vestidos que iban, sino por aquella alegría que había impregnada en cada pared.

La cena fue fabulosa. Paquito hasta repitió la sopa de marisco que la madre de Miriam le enseñó a hacer. Fue lo único que cocinó, de lo demás se encargó Charo. Don Eusebio quiso aportar con el cava y los vinos y trajo una caja de cada cosa y doña Paquita se puso las pilas y de una anciana hastiada y sin ganas de hacer nada, se puso dos días antes a hacer borrachuelos, con lo laboriosos que son. Queta –vestida con un bonito traje en color malva y una chaquetilla negra de plumas- trajo regalos para los niños, que escondió en el armario de la entrada y unos turrones. Nunca nadie había celebrado una nochebuena de aquella manera. Hubo lágrimas, muchas lágrimas, pero luego, después de la cena y tras un buen rato cantando viejos villancicos, el reloj de pared dio las 12 de la noche. Todo quedó en silencio y las miradas de todos de nuevo se bajaron a la base del árbol.
-Ah, se me olvidó deciros… en el camino me encontré a Papa Noel y me dijo que como Paquito, Violeta, Andresito y Pepín no estaban en su casa, que yo hiciera el favor de entregaros estos regalos que dejé a la entrada –dijo Queta.
Los niños aplaudieron ruidosamente.
-Pues esta mañana también le ví en unos grandes almacenes y me dio regalos para todos, ¡así que al ataque! Cada regalo lleva los nombres de todos. –exclamó Miriam llena de entusiasmo-

A partir de aquella noche las nochebuenas tristes dejaron de ser. Miriam se encargó de que Carmela, Remeditos y Felipe no tuvieran que continuar en la calle pidiendo limosna. Al principio se hizo cargo de los gastos de las tres casas, pero se le ocurrió que Remeditos podría irse a vivir con ella, así ninguna de las dos estaría sola y le pillaría bien cerca de doña Paquita, pues ambas ancianas congeniaron muy bien desde el principio. Felipe se quedó en uno de los pisos que Miriam tenía en alquiler y el dinero que recibía éste de su amigo lo emplearía para comer. Carmela y Paquito recibirían mensualmente lo suficiente. Pudo hacer que una conocida suya empleara a Cecilia como dependienta en una panadería y movió cielo y mar para que Charo trabajase en el restaurante de abajo. Con el tiempo, también Felipe encontró trabajo en el bar de una gasolinera. Don Eusebio y doña Paquita también quisieron contribuir y abrieron una cuenta para los niños, para el día de mañana, como decían ellos.

El espíritu de la navidad continúa cada día del año en estas diez almas. No sólo se reúnen en nochebuena, desde entonces son gente que se han llegado a querer mucho y se ven con frecuencia. Carmela y Paquito van cada domingo a la casa de Queta a merendar. Queta sale con frecuencia con Miriam, sobre todo al teatro y de vez en cuando hacen una escapada por Europa. Charo y Cecilia son inseparables, les encanta salir con sus hijos al parque de atracciones, al cine, incluso algún que otro verano se han ido todos unos días a la playa. Felipe quiso pagar algo a Miriam como alquiler y a su amigo le ha pedido muy agradecido, que no continúe dándole más dinero, que ahora ya puede vivir dignamente con su sueldo. Doña Paquita ya no es esa anciana-muermo de antes, ahora suele invitar a Remeditos de merendola a las mejores cafeterías de Málaga, y don Eusebio, al enterarse, se ha sumado y los tres se lo pasan bomba.

La mañana del 7 de enero es cuando Miriam lo empieza a desmantelar todo. Saca el álbum de fotos de la familia y se sienta en el sofá mientras se toma un café recién hecho. Las lágrimas siempre salen al mirar a sus hermanas, tan guapas, tan llenas de vida, con aquella gracia que tenían, pero aquel accidente acabó con ambas en un segundo, fueron las que se llevaron a su padre, no pudo soportar aquello. Su madre fue más fuerte, jamás permitió que hubiese una sola navidad en que no luciera el árbol y el belén y le hizo prometer a Miriam que eso tendría que ser siempre así, incluso hasta cuando ella ya no estuviera, en realidad una animaba a la otra en este asunto . Mira una foto de su madre y continúa llorando.
-¡Cuánto te echo de menos, mamá! -es lo único que acierta a decir-
Se toma un sorbo de café, deja el álbum y mira a través de la ventana. Ha empezado a llover, pero al recordar a Queta, una sonrisa ha iluminado su rostro. Coge el teléfono y la llama:
-Queta, ¿nos vamos a las rebajas?

Fuengirola, 31 de octubre de 2013
Para que nunca nadie vea la navidad como algo triste, sino mágica. Aunque nos falten nuestros seres queridos, aunque su ausencia en la mesa nos duela, pero como siguen vivos en nuestro recuerdo, permanecen, están, continúan.

Enviado desde el Ipad de J.Ramon 

viernes, 10 de diciembre de 2010

LA VISITA

   Hola cariño, espero que estés durmiendo en estos momentos mucho y bien y que no te despiertes tanto, que vaya trastorno el que tienes con el sueño.
    Aquí estoy, echando las dos últimas horas del turno, ya tengo ganas de salir para que me dé el aire de la mañana, hace calor. Parece increíble decir esto en diciembre, pero es que hace un poco de bochorno con estos 15º que hay en estos momentos en Málaga, propios de un mes de mayo.
    Hace un rato recibí una visita, estaba yo en el ordenador, y de pronto, las puertas que yo tenía cerradas a cal y canto, se abrieron. No ví nada, pero alguien entró.
    -Buenas noches -oí que me decía una voz indescriptible, suave pero certera y clara-
    Yo quedé callado aguantando la respiración, pues no había nadie, sólo aquella voz.
    -No, no trates de buscarme para dar conmigo, no me puedes ver. Soy la Noche, esa que tantas veces describiste en tus poemas, que incluso afirmaste mantener un idilio conmigo. Vengo a decirte que tu amado está soñando contigo. Ahora está sonriendo en su lecho contemplando la escena que le puse en su almohada y así estará hasta que suene su despertador. Vengo a decirte que vuestro amor me tiene enamorada, que nunca he visto nada igual. He conocido amantes que se amaron hasta la muerte, he vivido muchos milenios tratando de dar con vosotros y por fin os encontré. Siempre os responderé, estaré presente y os velaré, contemplaré vuestros besos con el brillo de las estrellas, vuestros abrazos bajo la inspiración que da la luna y vuestro placer será mi placer. Ya quería yo conocerlo, no que me he tirado toda mi vida llena de carencias porque nunca hubo un espejo dónde mirarme, sólo en la plata del mar en noches de plenilunio. Ahora sé lo que significa el amor.
    Una vez creí haber dado con vosotros, fue a finales del siglo XVI cuando un escritor inglés estuvo escribiendo una historia preciosa de dos enamorados llamados Romeo y Julieta, pero luego me enteré que ninguno de los dos existieron, incluso el nombre de Julieta fue pura invención del escritor. Quedé muy decepcionada y me prometí a mí misma que nunca más confiaría en ningún escritor de historias, todo lo que dicen es mentira, son inventores de palabras, de situaciones, sólo han ocurrido en sus cabezas. Cuando acabé de leer esa historia me engalané toda. Llamé a la luna para que luciera en toda su plenitud, a las estrellas para que sirvieran de lumbreras en mi camino y a los grillos y a las criaturas del bosque para que fuesen la mejor sinfonía jamás compuesta. Pero fui a Verona y allí nadie sabía nada de ningún Romeo y de ninguna Julieta y mi llanto ocasionó una gran tormenta que duró días y días por toda la región del Véneto, causando el desbordamiento del Po. Nunca más lució la luna con la claridad de aquella noche, ni las estrellas brillaron tan exultantes como entonces. Nunca más, hasta esta misma noche, que, aunque está la luna creciente, el poco haz de luz que posee es de mucho más resplandor que cuando ha estado en su plenitud. Hasta las estrellas se reflejan en el callado mar.  Desde aquella decepción hasta hoy, siempre ha habido un velo tenue que ha envuelto la tierra. Era mi dolor. Por eso existen las tormentas y esos grandes vendavales que causan tanta destrucción, porque a veces aflora en mí aquel dolor y no puedo contener los vientos ni los manantiales del cielo y me desmayo y es al despertar cuando advierto lo ocurrido. Siempre viviendo con remordimientos, por el dolor que causo a mucha gente. No creas que la noche es algo idílico, no, la noche se muere en sí misma y quiere dejar de ser.
    -Pero, noche, ¿si mueres qué va a pasar con mi amor? no puedes dejar de existir, ¿cómo podré dormir en esas maravillosas noches de verano ante el olor de los jazmines y los dompedros, si tú te esfumas?
    -No, no moriré. Ahora existís vosotros. Sois los que me daréis la vida que me falta y hace unos instantes el velo lo rasgue de arriba abajo, me ayudaron las aves nocturnas y los cuatro vientos que ahí siguen bien sujetos. Hoy tu amor cuando se levante pensará en ti. Se lavará los ojos, se mirará en el espejo, y sonreirá, porque hoy tomará un tren que le llevará a ti. Hoy haréis el amor, echaréis monedas en un tarro de cristal, es vuestro reloj particular, el reloj del amor y cuando lo llenéis buscaréis otro más grande para continuar amándoos. Yo vigilaré siempre para que ninguna mano ajena eche una moneda ilícita, así la fidelidad siempre permanecerá en vuestra casa. Pero sé que no hará falta quedarme en vela porque confío en vosotros. Vuestro amor es amor de verdad, no un simple enamoramiento pasajero. De vosotros tendría que haber escrito el inglés, no de dos adolescentes inexistentes. Habéis tardado en conoceros. Mi amiga la Vida es muy suya y por mucho que le estuve suplicando, a ella le entraba por un oído y por el otro le salía. Sólo cuando dejé de insistirle es cuando le ha salido del alma poner vuestras fotos en el cosmos para que vuestros dedos, al contacto de una clave escrita en un teclado os presentase el  uno al otro. Y cuando os vísteis os quedásteis prendados el uno del otro y de vuestras palabras, sobre todo de una en concreto llamada Verdad. La Verdad es la que siempre os guiará en este difícil camino hecho de horas y años, y es la más poderosa de las armas que podréis tener. En verdad, estáis bien equipados.
    -Qué bien haberte conocido, Noche, y saber que siempre estarás con nosotros. No porque yo esté enamorado he dejado de estarlo de ti y sin embargo, no ser infiel. Hay amores tan limpios, tan bien nutridos, que nada ni nadie puede sembrar nada inicuo en nosotros.
    De pronto sentí una brisa en mi rostro, un olor a mar y a rocío que me estremeció. Las puertas se volvieron a abrir y a cerrar. Fue la noche que me dio un beso y aquel aroma fue su manera de despedirse.
    Sí, cariño, esta noche recibí una visita. Y yo te espero con mis manos llenas de estrellas y con un trozo de luna en el techo de nuestra alcoba. Y volveremos a echar monedas en nuestro tarro de cristal, nunca dejaremos de echar monedas en él.
    Te amo.

Fuengirola, 10 de diciembre de 2010

jueves, 28 de octubre de 2010

UNA RAMITA DE TOMILLO



    Érase una vez –porque así empiezan todos los cuentos- un matrimonio de ruiseñores que en su primera primavera de casados tuvieron a un precioso ruiseñor. La ruiseñora lo cuidaba con esmero y su esposo siempre estaba volando de campiña en campiña para llevar el alimento necesario a su ruiseñora y a su hijito.
    Tenían tanto miedo de que le ocurriese algo a su polluelo que un día se le ocurrió a la ruiseñora ponerle una cuerda resistente alrededor del cuello, pero a la vez, suave, lo suficientemente largo como para que el muchachote sintiese una cierta libertad, pero al mismo tiempo, ella pudiera controlarlo
siempre sin miedo. Así que el otro extremo de la cuerda la ató con numerosas vueltas al árbol donde vivían. De esa manera, el joven ruiseñor pasó su infancia y su juventud, aprendiendo artes muy prácticas como hacer nidos y casas especiales hechas con ramas secas. Se hizo todo un experto. Tan ocupado estaba en sus labores que nunca había tenido tiempo para el amor.
    Los ruiseñores habían tenido más hijos, pero éstos fueron creciendo y marchándose de casa. Sólo el primer hijo continuaba allí con ellos, pues se les olvidó quitarla la cuerda del cuello.
    Una tarde, cuando el sol ya se había escondido entre las montañas y el campo comenzaba a trasminar esas fragancias de las flores que dan su aroma sólo por las noches, una hermosa jilguero de colorido plumaje llegó volando hasta donde estaba el ya maduro ruiseñor. Él continuaba tejiendo y tejiendo un nido para una hermana que acababa de casarse. Al verla se enamoró de ella. Era la primera vez que sintió algo así en su corazón. A la jilguero le ocurrió lo mismo. Había tenido unos cuantos admiradores, pero ella se quedó muy impresionada por el ruiseñor y también se enamoró de él. Así que quedaron en verse a la tarde siguiente, pues ella vivía a sólo quince encinas más hacia el Este.
    Llegó la hora de la cita y el ruiseñor salió volando con una rama de tomillo en flor para regalárselo a su enamorada. De pronto, un brusco dolor le atenazó el cuello y cayó de bruces sobre un charco. Allí, todo mojado y sucio de barro, se dio cuenta que la cuerda que llevaba siempre atada fue la causante de aquel accidente. Hasta entonces nunca imaginó que aquella cuerda le obligaba a estar cautivo en su propia casa.
    Cuando llegó a casa explicó lo ocurrido a su madre, pero ésta, ante el miedo de que su hijo se marchara para siempre y la dejara sola con su esposo en su vejez, se enfadó con él y hasta le dejó de hablar para que se sintiera culpable, y de esa manera se le quitara de la cabeza volar más allá de lo que ella le había permitido. Ella no estaba dispuesta a que su hijo tuviera su propia vida y se desarrollara como él desease. Ella quería tenerlo siempre allí con ella, a costa de la felicidad de él. Hasta su padre empezó a quejarse de un fuerte dolor de una de sus patas y sus hermanos casados le recriminaron que la enfermedad de su padre empeoró por culpa de él, que era un egoísta y no pensaba en que los padres estaban ya mayores. Aquello le causó tanta tristeza al ruiseñor, que estuve muchos días muy enfermo, incluso tuvo que venir el médico a atenderle en muchas ocasiones.
    Pasaron los años y el maduro ruiseñor jamás olvidó a aquella hermosa jilguero que tanto amaba, y su corazón siempre estuvo triste, incluso sus ojos jamás volvieron a brillar de alegría.
Sus padres murieron y él se quedó solo y allí, atado a aquel árbol con ese cordel que le puso su madre, continuó hasta que se enteró de que aquella hermosa jilguero que tanto amaba, jamás se pudo enamorar de ningún otro pájaro. Los hermosos colores de sus plumas desaparecieron y siempre estuvo triste y llorosa esperando que cualquier tarde él apareciese. Una mañana se la encontraron muerta sobre una hoja. Aquello entristeció tanto al ruiseñor que en aquel instante su corazón dejó de latir. Una lágrima de él cayó en la tierra y al momento brotó una pequeña ramita de tomillo que el viento arrancó y llevó hasta la pequeña y austera tumba de su enamorada.

    15 de febrero de 2005

    (Inspirado en hechos reales, hasta en el más mínimo detalle)

jueves, 14 de octubre de 2010

LA PIEDRA DE LA VIDA Y DE LA MUERTE


    Estaba yo reinando en cómo decirles a mis amigos y amigas dos palabras que me costaba mucho decirles en persona: TE QUIERO. Hace más de veinte años de esto, cuando aún internet ni lo conocíamos. Así que tomé papel y bolígrafo, hice una lista de todos aquellos amigos y amigas que yo quería decirles  TE QUIERO y me puse a escribir. Mandé unas diez cartas, incluso a amigos y amigas muy cercanos a mí, casi vecinos…
    A los pocos días empezaron las respuestas. Una amiga me envió una postal preciosa contándome lo ilusionada que estaba porque yo le dijera esas palabras tan difíciles de pronunciar y me juró amistad eterna. Otra amiga me llamó por teléfono y me preguntó cómo se me había ocurrido enviarle una carta así, y que estaba muy feliz. Otro matrimonio muy querido igual, me contestaron con otra carta… Pero hubo una amiga, que se caracterizaba por su frialdad, como si no le afectara nada de lo que hubiera al su alrededor, pero yo la quería. Juntos compartimos muchos buenos momentos, incluso cruzamos el Atlántico cuando aquel viaje a Argentina que hicimos hace ya tantísimos años. No llamó, ni escribió, ni nada de nada. Esperó a que nos viésemos. Le pregunté si había recibido la carta –yo temía que se hubiera perdido-. Me contestó sin mirarme a los ojos:
    -Qué cosas tienes, sí, la recibí-. Fue su única respuesta.
     Aquello no me sorprendió, yo sabía muy bien cómo era, pero bueno, yo me quedé más tranquilo diciéndole que la quería. Ahí empecé a sentir que nunca debía esperar nada de nadie, porque aunque no me sorprendió su reacción, yo sí esperaba en realidad alguna palabra amable, o qué sé yo… de reciprocidad. Su sequedad de siempre seguía empleándola en aquellos momentos especiales para mí.
    Con el tiempo, tuve que hacer unos arreglos en mi vida y tuve que hacer llamadas telefónicas a esos mismos amigos y amigas para despedirme, de que no volverían a verme durante unos años, o quizas nunca más en la vida. Absolutamente todos respondieron con repetidas llamadas telefónicas de que lo pensara mejor y no me marchase, incluso con visitas, algunos con muchas lágrimas, otras con mucha contrariedad, como con desesperación de que me querían apoyar y no podían hacer nada por disuadirme de mi decisión. Mi marcha era inminente. Todos aquellos amigos de mi juventud, con más de veinticinco años de amistad, iban a disiparse. No había la posibilidad de llamarles por teléfono, ni de escribirles, y si para ellos era doloroso perderme, para mí lo era aún más quedarme sin ellos.
    Esta amiga se limitó únicamente a mandarme un escueto sms al móvil. Ni me tomé la molestia en contestarla. Veinticinco años de amistad, momentos maravillosos vividos juntos, y veía que un amigo se iba de su vida para siempre y se le ocurrió escribirme un sms al móvil…Bueno, a veces las decepciones superan la decepción más grande que uno pueda imaginar. Pero en mí quedará siempre mi sentido de la amistad y mi amor a ellos. Nunca se apartarán de mí aquellos episodios vividos juntos, no sólo en nuestra tierra, sino por todos esos países que recorrimos con una meta en común.
    A veces se toman decisiones en la vida que no hay más remedio que tomarlas, por mucho bueno que te dejes atrás, aunque se sepa que uno cambia oro por hojalata, y que lo que nos espera es un sendero tenebroso lleno de sombras, obstáculos, lágrimas y desencanto. Yo no imaginaba que hubiera una sola posibilidad de que estuviese cambiando mi vida entera por algo inservible.
    Lágrimas… todas las del mundo salieron de mis ojos, pero tuve que huir de ellos porque al otro lado de la calle me esperaba lo que más quería. No sabía que la Vida me estaba poniendo un antifaz sin agujeros en los ojos, que me estaba haciendo creer que lo que me esperaba era lo mejor de lo mejor.
    Pasaron los meses, los años… empezaron las primeras canas y arrugas y todo seguía igual. Cambié lo más maravilloso a cambio de nada.
    Aquella piedra de tropiezo era literal.
    Una noche de verano iba yo por la calle paseando, tranquilo, sosegado, disfrutando del aroma de las flores que derraman su fragancia en cuando cae la tarde. De pronto, en medio de la acera mi zapato chocó con algo. Se trataba de una piedra y no le dí la menor importancia, y continué mi paseo. Algo me impulsó a mirar atrás para mirarla de nuevo, allí pegada en el muro donde la puse con el pie para que no tropezase nadie más. De pronto, como en un abrir y cerrar de ojos, me encontré con la piedra en la mano. Miré de nuevo al lugar donde la dejé y no estaba, estaba en mi mano. La quise tirar asustado, pero desde su interior salió una voz.
    -No, no me arrojes, sigue conservándome, llévame a la playa.
    Era una piedra de un material extraño, similar a la pizarra, de tacto pulido y muy fría.
    -¿Qué es esto? ¿qué está pasando aquí? ¿quién habla? –exclamé estupefacto-
    -Soy la piedra de la Vida y de la Muerte. Todos los que me han tenido, según su proceder, han hallado cosas muy interesantes en mí. Llévame a la playa, que te quiero mostrar algo.
    No iba muy lejos de la playa y llegué como en diez minutos.
    -Si me pones en la arena te mostraré todo lo que te puedo ofrecer, te lo voy a poner al alcance de la mano, y lo podrás tomar cuando quieras.
    La puse en la arena y de pronto se abrió ante mí un escenario con un telón de estrellas, nunca había visto estrellas que brillaran tanto, parecían diamantes expuestos a la luz del sol. Pasé y una vez en su interior ví a mujeres con los pechos al aire jugando a la rueda y a hombres cada uno con sus brazos sobre los hombros de los otros haciendo una gran línea. Todos bailaban al son de la música de un muchacho que tocaba una graciosa melodía en su flauta. Nadie parecía percatarse de mi presencia y me envalentoné adentrándome más allá. Pero recordé a la piedra que se quedó fuera,  pensé que sin ella a lo mejor no podría salir de allí nunca y quise volver, pero otra música como de cuerno salía de más allá de aquellas montañas azules que veía a lo lejos, y entretuvo mi atención y continué mi paso. Pasé por una alameda llena de árboles, y ví cómo en la rama de uno de ellos estaba la piedra, quise cogerla, pero de nuevo algo cautivó mi atención, se trataba de una estación de tren, estaba a punto de salir, había mucha gente, era un vapor.
    -¡Viajeros al tren! –gritó el jefe de estación-  La gente asomada por las ventanillas del tren se despedía de los que estaban en el andén,  y yo, como si fuese algo irremediablemente urgente, corrí para llegar a tiempo de alcanzarlo hasta lograr subir.
    -¡Oh, la piedra, olvidé cogerla! 
    Una vez allí me pregunté qué hacía yo allí, con lo tranquilo que estaba en la calle paseando y oliendo los jazmines y las damas de noche. El tren empezó a moverse y ví cómo se alejaba aquel árbol donde estaba la piedra.
    Empecé a husmear por el tren y ví que en un compartimento había una mujer pelirroja vestida enteramente de gris,  sentada y cortando una manzana con una navaja plegable.
    -Disculpe, ¿me podría decir dónde va este tren?- pero se limitó a mirarme sin una sola expresión en su rostro. No me contestó. Yo estaba asustado, aquello no podía ser real.          De pronto me ví con una piedra parlante, subido en  un tren y esa mujer tan extraña, con ese rostro inexpresivo, esa mirada perdida…
     El tren iba a toda velocidad, era una tarde gris, a lo lejos se veían relámpagos, no se divisaba ni una casa, ni un árbol, ni una montaña, todo era como un páramo desolado. Me parecieron siglos aquellos momentos. De pronto se hizo de noche y el tren se paró.
    No había estación y nadie bajaba. Advertí que estaba vacío, sólo aquella mujer y yo. Continué andando por el pasillo inacabable de aquel vagón, buscando desesperadamente al revisor, pero allí no había nadie, continué hasta llegar a la máquina, pero el maquinista tampoco estaba en su puesto. Dios mío, qué era todo aquello, empezaba a preguntarme si no estaba volviéndome loco. Sin pensarlo, abrí la puerta y me arrojé afuera, rodando como un tonel hasta que llegué a tierra llana. Allí arriba contemplé el tren que empezó de nuevo a moverse hasta coger la velocidad suficiente para desaparecer de mi vista en unos minutos.
    -¿Has decidido por fin apearte? ¿sin más preguntas? ¿sin más curiosidad? –oí sobresaltado. Miré hacia la voz y era ella, aquella mujer, aún con la manzana y la navaja en la mano.
    -¿Quién es usted? ¿qué es todo esto que me está pasando?
    -Yo soy tu conciencia, la manzana es tu corazón y cada vez que meto la navaja en ella es para avisarte de que corres un gran peligro. Has cambiado lo más bello de la vida, que es el amor por tus amigos, por hallarte en un lugar inhabitable, perdido, donde la soledad es tu único aliado, y donde la oscuridad siempre estará presente.
    -¿Usted mi conciencia? Estoy sometido a una broma, ¿verdad?, esto debe ser la cámara oculta o algo parecido- y empecé a reir a carcajadas, pero la mujer empezó de nuevo a mirarme sin mirarme, con su rostro igual de inexpresivo que cuando la ví en el tren,y la ví clavar su navaja en la manzana.
    -Hay una epidemia allá donde quieres ir, tienes que tener mucha cautela para no ser una víctima más de esa pandemia. Díme, ¿por qué razón has decidido meter el amor en una botella y arrojarla al mar?
    -¿Cómo sabe usted eso? ¿cómo sabe que yo esta noche he arrojado al mar una botella con cartas de despedida que nunca llegarán a sus destinatarios? Ellos ya saben que me alejo de ellos, pero no la razón, dentro de la botella está el motivo.
    -Yo estaba contigo cuando metiste esos mensajes dentro de la botella y yo misma te dí el tapón para que la sellaras.
    -Dios mío, ¿me estás diciendo que todo esto que estoy viviendo es cierto, que no es una pesadilla?
    -Sí, esto no es una pesadilla. Estás despierto y yo estoy contigo, puedes tocarme si quieres para que veas que soy como tú, porque soy la esencia misma de tu ser.
    En efecto, era de carne y hueso, pude palpar sus brazos, su rostro, su pelo, era una mujer, no era de humo, no era de aire.
    -Mi decisión está tomada, Conciencia. Hay alguien en mi vida que la quiere, que quiere toda mi vida y le prometí que se la daría. Me dijo que no quería a nadie de mi círculo, que sólo me quería a mí. Me ha dicho que me dará también amor, mucho más amor que aquel que había entre mis amigos y yo. Me ha prometido vida sin fin, porque él mismo es también eterno y que cuando sus labios rocen los míos, su eternidad pasará a mis células y que nunca moriré.
    -Y de entre millones de hombres,  ¿tú sólo has sido el único favorecido de ese ofrecimiento? ¿No estás viendo que todo es mentira? ¿Qué todo es una treta para tenerte atrapado? Ese hombre es un ser despiadado, egoísta, que sólo te quiere para él. Él sabe que tú puedes quitarle el protagonismo que tiene en su territorio y sabe muy bien  que en tu territorio la gente te quiere, te respeta, y eso no lo puede soportar, por eso te quiere para él, no puede compartirte con nadie. Y su propio egoísmo y envidia ha hecho que de sus propias miserias tú también conozcas las tuyas, ordenándote que te alejes de lo que tú más quieres. De esa manera te sentirás tan compungido como él quiere que estés para que no roces su reino con la hermosura que hay en tu alma y seguir siento él amo y señor de los honores que siempre tuvo.
    -No te voy a hacer caso, Conciencia. Le quiero. La botella ya está arrojada al mar.
    Al decirle esto la mujer se fue, se perdió entre las sombras de la noche. En ese mismo instante empezó a amanecer. Escuché las campanas de una iglesia,  conforme iba avanzando mis pasos, más cercanas estaban, así que debía ir por el camino correcto. De pronto, el páramo terminó y apareció ante mí un valle precioso con una laguna enorme. Había flamencos y patos salvajes. No había nadie. Las campanas continuaban doblando. Divisé a lo lejos que había como un poblado y allí me encaminé. Al llegar la gente me miraba, dejó de hacer cosas. El semáforo se puso en verde y la gente se quedó parada en medio de la calzada. Unos viejos que paseaban se quedaron quietos, un muchacho que iba en bicicleta se paró a observarme, con los pies en los pedales y la bicicleta se mantenía en equilibrio ahí parada… Evidentemente a ese pueblo iban pocos forasteros.     De pronto, desde una casa de nueve balcones salió él. Me dio la mano y me llevó a aquella casa. Su rostro blanco, sus ojos penetrantes, negros, sin brillo, su boca en una mueca digna, como enorgulleciéndose de haberme conseguido. Aquella casa me sobrecogió, era inhóspita, enorme, con techos altísimos, con la única luz de un tubo fluorescente, que colgaba del techo con dos cables.
    -Siéntate- me dijo en un susurro. Él permaneció en pie. De pronto empezó a reirse a carcajadas, el eco de su risa chocaba desde el techo al suelo.
    -Llevas dos años aquí y ni lo sabes, ¿a que crees que has llegado ahora mismo?
    -Claro, acabo de llegar –dije muy sorprendido-
    -Llevas aquí dos años, te he humillado, te he dado muchos honores delante de mis amistades para gloria mía, he dicho de ti cosas bellísimas, aquí en casa te he machado hasta hacerte enfermar, pero cuando llegaban mis amistades, todo eran atenciones.
Pero si odio a mi madre y hasta le deseé la muerte, ¿no te voy a odiar a ti? ¿quién eres tú? Eres un simple analfabeto, sin estudios, sin conocimientos académicos, eso es lo que eres tú. Yo he sentido celos de ti, de tu risa, de cuando hablabas con la gente en el mercado, de cuando cantabas, de la ropa que te ponías, de tu naturalidad en tus actos y en tus palabras. De todo eso tuve envidia y celos, sí. Me descubriste y eso no me gustó. Jamás nadie osó poner en tela de juicio, ninguna de las cosas que yo afirmaba como ciertas. Yo soy de las personas más respetadas en mi pueblo por el cargo que desempeño y hasta me llaman con un título. Pero tú, un simple, te atreviste a desenmascarar mi vanidad, y a enfrentarte a mi prepotencia, algo que nadie había hecho hasta ahora. Sin embargo, yo sé que me amas, que sueñas conmigo, que sin mí estarías perdido. Pero yo, aunque nunca he amado a nadie como te amo a ti, te digo que te desprecio, que te odio, que toda mi vida sufriré el tormento de quererte y de despreciarte al mismo tiempo.
     -¿Y por ti tiré mi botella al mar? Tengo que ir a recuperarla, no vales la pena. Sólo eres respetado porque pagas las rondas en el bar a tus amiguetes de mostrador, sólo eres querido y esperado porque saben que les darás tus migajas, allí te esperan como pájaros muertos de hambre, tú único encanto es tu dinero. Sin él, nadie te haría caso y lo sabes muy bien. Yo jamás quise nada de ti, siempre me sustenté con mi trabajo, y te amé porque pensaba que eras un hombre sensible, con valores, serio y respetuoso. Hoy sé lo que eres y me espanta tanto haberlo descubierto que maldigo el día en que arrojé esa botella al mar.
    Salí de aquella casa sin mirar atrás, pero volví. Me encontré frente a frente de nuevo con él y le dí un beso en la cara. Era evidente que aquella mujer estaba conmigo invisiblemente, me estaba cuidando, no quería que yo luego tuviese remordimiento alguno de mi paso por la vida y me empujó a que entrara de nuevo en aquella casa a besar a aquel ser abominable, pero que un día quise con todo el corazón.
    Por fin, liberado de aquellos dos años como si realmente hubiera estado cautivo, emprendí mi marcha hacia el mar. Encontré la vía del tren y ella me sirvió de guía. Anduve tres días y tres noches. A lo lejos divisé una luz y cuando me acerqué lo suficiente pude ver que era la estación de donde salí en aquel extraño tren. Lo primero que recordé fue lo último que ví allí: el árbol donde estaba la piedra parlante. Allí seguía. Cuando quise cogerla una lechuza voló sobre mí y acaparó toda mi atención. Se posó en la rama y miró la piedra y luego a mí.
    -Me mandó tu conciencia, me ha dicho que vayas a por la botella al mar, que ella habló con el viento de levante y que en  unas horas la tendrás en la misma orilla, que no hagas caso a la piedra ni a nada de lo que te ofrezca. Aquí lleva dos años muerta de risa, mírala qué luminosa, mírala, toda entera, guardando el equilibrio para seguir aquí sobre esta rama y la pudieras ver. Ella te ofrece las cosas que tu corazón más desea, pero tú sabes que lo que más deseas es dar amor y ser correspondido, y por eso sacrificaste el amor de tus amigos, porque así te lo pidió aquel ser que te tuvo enfermo durante tanto tiempo.
    -Dile a mi conciencia que deje al viento de levante tranquilo, que si alguna vez quiero recobrar mi botella, yo la buscaré, aunque tenga que llegar a Constantinopla nadando.
    Tras estas palabras la lechuza salió volando pesadamente, tan rubia y tan decorada con aquellos lunares de su cuerpo. Entonces tomé la piedra, pero no me decía nada, tenía la sensación de que algo estaría tramando para mí.
    -Colócame sobre la fuente de la estación- dijo finalmente.
    -¿Y por qué no te colocas tú  misma? a la rama supiste colocarte tú solita.
    -Cuando vine aquí, aún tenía la energía que me diste cuando te conocí, pero cuando te fuiste en aquel tren me apagué y aquí permanecí, como apagada, pero planeando tu vida, porque estaba segura de que volverías. Tú no podías pudrirte en un pueblo como aquel, donde hasta la gota de agua de una cornisa tras la lluvia es noticia en el diario. Hoy te ofrezco esto que aparece entre tus ojos…
     En aquel mismo instante apareció una bandeja de oro con corazones sin cuerpo,  algunos latían con desánimo, otros estaban parados, y la mayoría completamente arrugados y muertos, sin sangre ni color.
    -¿Qué significan estos corazones?
    -No te lo puedo decir, pero tú mismo lo irás descubriendo. Véte por el camino que elijas, tienes libre albedrío para hacerlo.
    -¿Y tú, dónde estarás?
    -No te preocupes por mí, no te perderé de vista-
    Estuve mirando a  mi alrededor y todo me parecía precioso, aquellas montañas azules continuaban allí, el camino por donde vine lo descarté, y me decidí caminar hacia el Este, por donde sale el sol, él me serviría de guía. Caminé mucho, sin descanso, ni de noche acampaba para dormir, estaba ávido por saber qué me iba a encontrar.Ví veinte veces salir el sol y ponerse, y una noche, cuando la luna estaba plena, ví que mi sombra azul se teñía de rojo escarlata, era el reflejo de las luces de neón de una calle muy concurrida, con muchos luminosos y locales de diversión como casinos, teatros, hoteles, y hasta un tren cremallera atravesaba la ciudad. El cielo estaba rojo también. La gente iba lo suyo, y Salí de allí, quería paz, la paz que tuve aquellos veinte días y veinte noches. Supuse que aquella ciudad significaría algo, pero bueno, ya lo averiguaría. Salí de ella y ante mí se halló un desierto enorme con  un cielo lleno de estrellas preciosas. Era una carretera que se perdía en el horizonte.  
    Llevaba horas caminando y al mirar atrás aún se podía ver el resplandor de aquella ciudad. De pronto choqué con algo. Se trataba de la piedra.
    -¡Hola, vieja amiga!
    -Cada vez me estás sorprendiendo más. Has pasado nada más y nada menos que por la ciudad de Las Vegas, cuna del vicio, del sexo, de la avidez y tú has pasado de largo como quien no quiere la cosa.
    -Entonces estamos ahora en el desierto de Nevada, ¿no?
    -No, al recogerme hice que de nuevo estemos, sin darte cuenta, muy cerca de la fuente donde me dejaste. No sé qué hacer contigo, porque estás sorprendiéndome mucho. Yo creía que eras como los demás que se encontraron conmigo.
    -¿Y cómo eran ellos?- pregunté.
    -No hagas tantas preguntas. Lo único que te diré es que puse ante ti la posibilidad de que te perdieras en la ambición del dinero, del sexo desmedido y aunque ni te has dado cuenta, porque no lo recuerdas, has estado en esa ciudad tres años. Bueno, te lo diré: Has conocido muy bien aquellos corazones que te mostré en la bandeja de oro. Los que latían con desánimo eran personas que no se te dieron nunca, sólo quisieron una amistad pero tampoco una amistad con demasiados compromisos. Los que no latían eran personas frías y calculadoras que sólo se fijaron en ti  por su propio egoísmo y los corazones que estaban arrugados y muertos, eran personas que pasaron levemente por tu vida porque tú enseguida los reconociste como gente sin sustancia y que nada tenían que ver contigo. Te pido que me lleves de nuevo a aquella fuente.
    Así lo hice y como la vez anterior, apareció una bandeja pero hecha de piedras preciosas que brillaban  como aquellas estrellas del telón y un corazón palpitante, con latidos certeros y regulares, era un corazón muy rojo, sano, lleno de vida.
    -Me temo que no me responderás si te pregunto qué significa este corazón, ¿verdad?
    -Has acertado, ciertamente. No puedo decirte nada, tú solo debes descubrirlo. Ahora dime, ¿qué camino eliges ahora?
    -El camino de los crepúsculos, El camino que me llevará a donde el sol se pone, al Oeste.
    Pasé por una vereda donde habían muchos postes con fotografías de gente clavadas en ellos con un lema al pie de cada foto. Empecé a leer algunas, decían frivolidades, cosas sin sustancia, verdaderas tonterías, que me hacían palidecer cada vez más a medida que las leía. Me entristecí al ver que la raza humana hubiera llegado a tal degradación, por eso tomé una foto mía de mi cartera y la clavé en un poste que ví vacío y puse mi lema que decía: “ No quiero conocer a nadie que tenga que ver algo con la avidez, en cualquiera de sus manifestaciones. No quiero que entre en mi vida más corazones desanimados, o que no latan o que estén arrugados y muertos. Yo amo la verdad en todos sus aspectos y amo el amor”. Una vez escrito lo clavé con una astilla del poste que sobresalía.
    Seguí caminando fijándome en todas aquellas fotos que me parecían horribles, y más horribles aún sus lemas. Hasta que apareció el rostro de un hombre con una gorra y una bufanda. Su rostro era precioso, serio, de ojos grandes y llenos de luz, pero tristes. Su lema hablaba de su búsqueda de la Verdad, de su amor a la poesía, y su manera de expresarse denotaba una increíble sensibilidad. Arranqué la foto y me la guardé en el bolsillo y no seguí caminando más. Volví la espalda y ví que me hallaba de nuevo en aquella playa donde la piedra me hizo que la llevase. De nuevo volvía a ser yo mismo, tras tantos años. Estaba en casa de nuevo, en mi playa de siempre y allí estaba ella, vestida de blanco, era mi conciencia.
    -Oh, qué sorpresa, ¿tú por aquí? -le dije-
    -Siempre he estado aquí,¿no recuerdas que nací el mismo día que naciste tú y que siempre he estado contigo? –me dijo, esta vez con una sonrisa en sus labios.
    -¿Tienes algo para mí?
    -Sí, acabo de volver a hablar con el viento de levante para que te traiga la botella que arrojaste al mar hace tantos años.
    En ese instante le ví llegar mí, guapo, medio pelirrojo, con ojos grandes y tristes, pero con  una luz impresionante. No sabía quién era, pero cuando le tuve bien cerca me dí cuenta que era el hombre de la fotografía que me guardé en el bolsillo.
    -¿Tú? –fue lo único que salió de mi garganta-
    -Sí, yo –me dijo con una sonrisa preciosa- Te tengo delante de mí y no me lo puedo creer, eres gran parte de esa verdad que iba buscando. Cuando me arrancaste del poste, sentí que algo me tocaba el corazón y mis pies me trajeron aquí. Estuve toda la noche caminando para hallarte.
    Le cogí la mano y sentí que él era realmente el motivo de mi sacrificio, el que valía la pena, aún sin conocerle. Sabía que el amor era lo que me llevó a arrojar aquella botella al mar, su amor. Sólo tenía que aparecer y allí estaba delante de mí, vino a mí, impulsado por mis ojos que veía en su sueño, quería besarlos. Cuando lo hizo, sentí cómo mi corazón por primera vez en mi vida sintió amor verdadero, cómo se deshacía en latidos llenos de una sangre nueva, destilada por la mirada de ese hombre que me dio toda su vida.
    El alba empezaba a despuntar.
-¿Me podrías esperar, amado mío? Tengo que ir a coger una cosa que arrojé hace mucho tiempo al mar. No sé cuánto tiempo tardaré, pero si es verdadero amor lo que sientes por mí me esperarás, ¿verdad que me esperarás? Es necesario recobrar esa botella.
    -Sí, claro que te esperaré.
    La conciencia se esfumó de nuevo entre la claridad de la aurora.
    El viento de levante me ayudó a hallar la botella antes de lo que yo imaginaba y sólo pasaron unas semanas. Allí permanecía flotando con su tapón de corcho. La cogí, le quité el tapón y la llené de agua con el papel dentro y la dejé caer al fondo del mar, para que nadie pudiera leer el interior del mensaje que escribí. Ninguno de mis amigos debía saber nunca por qué tuve que abandonarles para toda la vida, ni mis amigos ni nadie. Ahora yo era un hombre nuevo, no debía volver al pasado en ninguna de sus etapas, ni siquiera con esos amigos. Era ya decisión mía y no una imposición. Ahora era el tiempo en que una nueva vida se abría a mi paso, una nueva vida compartida por aquel hombre que estaba acariciando mi corazón como nadie lo hizo en toda mi existencia.ç
    Al llegar a la orilla allí estaba ella esperándome: La Piedra de la Vida y de la Muerte.
    -Estoy consternada. No me había topado con nadie como tú. Has estado a punto de morir ante las garras de la envidia y el egoísmo de ese hombre, has andado caminos inhóspitos, ignorando sus peligros, has caminado en las penumbras de la noche, has aguantado corazones que nada tenían que ver con el tuyo, incluso a la voz de tu conciencia. Has creído volverte loco, me has aguantado a mí, con lo parlanchina que soy. Por tu nobleza podrás llevarme siempre en tu bolsillo, no seré de ningún mortal, sólo de ti y cuando tú mueras yo moriré también en mí misma. Soy La Piedra de la Vida y de la Muerte. Y se me ha concedido permiso para que te de la vida al lado del hombre que por fin se dio cuenta de que existes. Ojo, que ese hombre también superó todas las pruebas que tú has superado, le conocí antes que a ti. Cuando tú mueras él morirá o cuando él muera morirás tú. No podréis soportar vuestra ausencia. Y entonces La Piedra de la Vida y de la Muerte también dejará de existir, tras más de seis mil años de existencia.
    En ese momento me la introduje en el bolsillo y fue cuando le ví apoyado en una barca, en la arena, pensativo y cabizbajo. Cuando se percató de mi presencia saltó de alegría y vino a mi encuentro. Nunca dos bocas han podido darse un beso tan hermoso y tan de verdad como aquel que nos dimos nosotros.
Fuengirola, 2 de junio de 2008

miércoles, 13 de octubre de 2010

UNA REUNIÓN CALLEJERA

LA ALTA MONTAÑA DE LA VIDA ETERNA


    Allí, en la orilla del lago llevaba horas contemplando  Yué Yi xuê Yông Shêng, que traducido significa La Alta Montaña de la Vida Eterna. Ni parpadeaba, cada músculo de su cuerpo era como un trozo de hielo que nadie pudiese quebrar. Allí llevaba horas de espaldas a los almendros que ya habían florecido. Su casa quedaba en lo alto de una colina revestida por una escalinata de mármol adornada con personajes fabulosos también de mármol. Zhi Tan Xiâng, que traducido es Rama de Sándalo, estaba triste, no lloraba, no decía nada, pero el corazón se le había partido en dos cuando advirtió en los ojos de su amada una cierta escritura de culpabilidad. Nunca había visto esa expresión en nadie y hubiera preferido morir antes de haberlo descubierto en los ojos negros de Liân Zî, que traducido significa Semilla de Loto.
    La mente del joven empezó a recordar cuando el amor se le alojó en su corazón con sólo quince años. Habían crecido juntos. Liân Zî era hija de la cocinera, ésta se presentó un día en casa pidiendo trabajo recién fallecido su esposo, con Liân Zî de la mano, aún muy pequeña. Y desde ese mismo día comenzaron a ser como hermanos. Pero aquella mañana de invierno, cuando los cerezos estaban comenzando a brotar, él se dio cuenta de que Liân Zî le había robado el corazón. Fue por una mirada suya, era una mirada sonriente, tintineante, de un brillo sobrecogedor, la que le enamoró. Ambos se hallaban jugando en el campo y ella tropezó y cayó al suelo. Cuando él la quiso ayudar para levantarla, en ese preciso instante, fue cuando se produjo aquella mirada, no era una mirada de agradecimiento, no, ni siquiera una mirada de cariño, fue algo más, fue la sensación más maravillosa que había vivido en toda su vida. Él le tocó los labios y ella bajó la mirada avergonzada, y de pronto salió corriendo riendo a carcajadas hasta la casa. Él se quedó allí inmóvil contemplándola y miró hacia aquella imponente montaña de nieves perpetuas. Por fin pudo comprender el significado de que aquella montaña estuviera precisamente en aquel lugar, porque en ese mismo momento él sintió muy adentro aquel recién nacido amor y se le antojó que sería eterno, sería la verdad más maravillosa que nunca más experimentaría.
    Aquella mañana había amanecido fría. Unos ánades nadaban apaciblemente en las quietas aguas del lago. Fue lo único que acaparó su atención y por fin comenzó a regresar a su casa. Sus ojos estaban muertos, sin luz. El hastío maquillaba su rostro como una careta cruel que alguien le obligara a llevar. De pronto una primera lágrima comenzó a brotar y cayó de rodillas ocultándose el rostro con ambas manos gimiendo igual que un caballo herido.
    -Wô yâo zhê!  Gritó ahogándosele la voz. Porque quería morirse, quería hallar la muerte como fuera. Su vida sin Liàn Zî ya no le servía.
    Cuando despertó halló el lado de la cama de ella vacío –frío-  y una carta junto a una varita de sándalo casi acabado. Se trataba de un rollo de pergamino con su letra y le decía que sentía causarle ese dolor, pero ella amaba a otro hombre, ella nunca le quiso y si accedió a casarse fue por el apremio de su madre, porque estaba harta de estar en la cocina y si se casaba con el hijo de los amos ella podría disfrutar de mejor posición.
    “Wèi céng wèi céng fā shēng qíng” esas palabras se le quedaron grabadas, allí permanecían hiriéndole los ojos: “Jamás me ocurrió que te amara o que sintiera pasión”.
Había fingido siempre, era una embustera. Él se lo dio todo, todo. Su vida entera la dedicó a ella, ni siquiera quiso ir a la gran ciudad a estudiar medicina, lo que siempre deseó hacer. Decidió quedarse allí con ella, atenderla, mimarla, quererla…
    Se iba a volver loco, ¿cómo era posible aquel engaño?, ¿cómo nadie le había dicho nada? Preguntó a la servidumbre y nadie sabía nada, sólo que hallaron la puerta trasera abierta, la que daba al lago. Él corrió hacia allí, pero no la vio, debió marcharse muy de mañana. Faltaba una barca y con la ayuda de unos prismáticos la pudo ver en la otra orilla, no había nadie, estaba vacía.
    Tomó otra barca y se fue hacia allí y la inspeccionó. Halló un pequeño pasador  que ella siempre se ponía en el pelo y lo apretó fuertemente con la mano y comenzó a llorar.
    Pasaron los años, muchos años y ya de anciano aún volvía a la orilla del lago para ver La Alta Montaña de la Vida Eterna, en ella clavaba su mirada aún muerta, aún herida, aún cuestionándose el por qué de aquella actitud tan inicua de Liân Zî para con él.
    Unos años después recibió una carta. Se trataba de un familiar de Liân Zî que le notificaba el fallecimiento de ésta. Decía que le escribía aquella carta porque Liân Zî se lo pidió mientras agonizaba. En ella decía que nunca fue feliz, que siempre le persiguió la culpa que siempre tuvo de la infelicidad de Zhí Tán Xiâng, que incluso los hijos que tuvo crecieron tristes al verla a ella tan triste siempre. Decía que quería que él supiese que aquel hombre por el que lo dejó todo se fue una mañana y nunca más regresó, se escapó con la concubina de uno de sus clientes y nunca supo nadie nada de ellos. Quería que él se alegrara de lo desgraciada que fue, era justo que así sucediese. Finalmente le pedía perdón y quiso llorar encima de aquel texto para que él viese que murió con un dolor atroz, perseguida por el remordimiento de haber engañado a un hombre bueno, el único hombre que la amó en la vida.
    Zhì Tàn Xiâng lloró amargamente. Él no necesitaba aquella explicación para sentir alivio, hubiera preferido una carta más amable que le hablara de bellos recuerdos vividos con él en su juventud, pero no fue así. Ella se limitó a autoflajelarse sin piedad creyendo que aquello iba a hacer que él viviese en paz los pocos años que le quedaran de vida. Ella creía que era justo que él sintiera satisfacción del dolor de ella, que merecía ser castigada.
    Zhì Tán Xiâng no sintió felicidad alguna por todo aquello.
   A la mañana siguiente lo hallaron sus sirvientes frente  a Yué Yí xé Yông Shêng. Estaba muerto, con el pasador que halló en la barca clavada en su corazón.
    Desde aquel mismo día, la montaña comenzó a derretirse, aquellas nieves milenarias desaparecieron y salió al descubierto una colina en forma de corazón. Desde entonces la montaña es conocida como Líng xīn tòu –    La Colina del Corazón Traspasado-.
    Aún se habla en China sobre aquel buen hombre que mantuvo su amor intacto durante años y años.

    Fuengirola, 29 de abril de 2009

    Curiosamente dos meses después de haber escrito este cuento estuve en China y ví un pasador idéntico al que describo e imaginé. Perteneció a una emperatriz y tenía una mariposa de jade como adorno, igual que la yo imaginé y no describí en el cuento.
    Me estremecí.

EL ESPÍRITU DEL BIEN (cuento de navidad)


     Desde tiempos donde la memoria humana se pierde, surgió del universo estrellado una luz errante con una preciosa cola azul. Vagaba por el Cosmos lleno de astros y nebulosas hermoseando el cielo invisible al ojo humano, porque vivía en los cielos de los cielos, en la órbita más inimaginablemente lejana para el entendimiento humano. Sobrepasaba la lógica humana, incluso la de la mente más sabia. Esta luz era La Estrella del Bien y allá por donde pasase, hasta los astros que se estaban apagando volvían de nuevo a tener la energía que tuvieron cuando fueron creados. En el cielo se dibujaba su estela azul y duraba siglos la huella. Sólo los que sueñan la habían visto y sabían de qué se trataba, pero cuando despertaban se olvidaban de todo, aunque luego ese día les iba genial. Si tenían problemas con los exámenes notaban cómo las mentes se les abrían, si tenían alguna desavenencia con alguien, veían la manera de tratar los asuntos con la suficiente sabiduría para hacer las paces, y cosas similares a éstas.
    En una noche de invierno, cuando la gente aún estaba en las calles caminando y las tiendas abiertas y los niños correteando por las aceras, de pronto se apagó todo durante una milésima de segundo. La gente se paró, los coches, incluso un perro que estaba orinando en el tronco de un árbol se quedó estático. De nuevo la luz volvió, pero la gente se quedó asombrada. Sintieron algo en su interior, cada una de las personas, como una especie de sensación maravillosa, como de felicidad. De las fuentes salía luz junto con el agua, y las farolas despedían destellos  como cuando el sol se esconde detrás de una nube. La gente se saludaba sin conocerse, y hasta el propietario de una tienda de golosinas comenzó a avisar a todo el mundo con una campana en la mano, invitando a todos a entrar con el ánimo de obsequiar a todo el que quisiera, con un pirulí de menta y nata que estaban recién salidos de la cocina. El de la juguetería de enfrente salió a regalar todos los ositos de peluche que aún estaban en el camión que recién había aparcado a la puerta. En ese instante estaba celebrándose en un teatro un concierto de orfeón y todos los cantantes empezaron a bajar del escenario y salir a la calle, y el público con ellos y comenzaron a cantar cánticos maravillosos que salían de sus bocas, canciones que nunca habían aprendido, eran nuevas y las melodías eran totalmente inéditas, todo el mundo estaba como encantado. Ellos cantaban y estaban felices de que todo saliese tan sincronizado sin haber ensayado aquellos temas. Incluso un mendigo que estaba pidiendo sentado en el suelo con una lata vieja se levantó y repartía monedas a los niños.
    De pronto, el cielo se puso color naranja y salían proyectadas imágenes de escenas vividas por cada una de las personas en toda la Tierra, pero cada persona veía su propia película, ninguna veía la película del otro. Eran escenas muy feas, de los instantes en que se portaron mal en sus vidas. Nadie pudo contar cuánto duró todo aquello y todos se sentían avergonzados de haber sido gente tan imperfecta, tan llena de egoísmo, de rencor, de envidia, de odio en algún momento de sus vidas. No podían comprender cómo ellos hicieron cosas tan malas, pues se sentían bondadosas, incapaces de hacer nada adverso a nadie o de sentir animadversión hacia algún vecino o amigo. Creían que ese estado de benignidad en que se hallaban lo habían tenido desde siempre. No sabían  lo ocurrido, nadie advirtió que estuvieron totalmente paralizados durante un corto período de tiempo y que durante ese instante algo ocurrió en ellos, dentro de sus corazones.
    La Estrella del Bien se derramó sobre todos los habitantes de la Tierra, pero por sí sola no podría continuar viva en ellos, era preciso que cada uno alimentase ese bien que todos tenían en su interior. Las estrellas se pueden apagar con el paso del tiempo, pero la Estrella del Bien tenía vida propia, era incandescente, recibía su poder de un torrente inagotable que surgía en un lugar determinado del universo. Se trataba de una energía que todo lo que tocaba lo convertía en Amor. Era el Espíritu del Amor. El amor nunca se acaba, es el sentimiento más poderoso que puede tener cualquier ser. De hecho fue el amor lo que impulsó al Creador crear todo lo existente.
    Pero las personas hemos tenido un principio, ninguna es desde siempre, y por eso estamos limitadas, tanto en edad como en poder. Así que el Espíritu del Bien no siempre lo iban a seguir conservando así por las buenas, porque Éste se limita a tocarnos para indicarnos el camino a seguir, pero luego tenemos que andar solitos por la Vida con todo lo aprendido a las espaldas y sólo si ve que ponemos empeño en seguir conservándolo es cuando nunca se aparta de nosotros.
    Durante un período de tiempo la gente continuaba siendo amable con todo el mundo, bondadosa, dadivosa, pacífica, paciente, con alegría, amortiguando su mal genio sin ningún esfuerzo… Todos fueron informados de manera individual a través de esas películas que vieron de sus vidas, de que antes de que el Espíritu del Bien se apagase en ellos, tenían que mantenerlo ardiendo. ¿De qué manera? Creyendo en el Amor que salía de ese torrente que abastecía a su vez a la Estrella del Bien.
    Pasaron los años y el Espíritu del Bien no se desvaneció del todo afortunadamente, pues muchas personas lo mantuvieron encendido siempre en sus vidas, pero la gran mayoría se olvidó de Él y toda aquella bondad que disfrutaron una vez se fue desvaneciendo a medida que ellos permitieron que el Bien se fuese apagando dentro de sus vidas.
    De nuevo los hombres retomaron las guerras no concluídas y otras nuevas que provocaron y el egoísmo, junto con  la maldad de nuevo habitaron dentro de ellos. Pero aún La Estrella del Bien aparece cada año durante unos días en la Tierra, aunque ya no  derrama el Bien sobre todos los habitantes del planeta, sino sólo sobre aquellos que necesitan y desean depurarse de tanto mal cometido durante el resto del año. Sólo una minoría continúa siempre alimentando el Espíritu del Bien cada día del año y eso hace que permanezca en el mundo aún, que aún a la Estrella de ráfagas azules que desde tiempos remotos recorre el universo hermoseándolo, siga apareciendo en el invierno durante unos días, para que algunas personas que creen en el Amor, sigan disfrutando de la felicidad durante todo el año.
    La Estrella del Bien hace que las ciudades se iluminen, los árboles, los ojos de los niños y de los mayores, que las madres preparen dulces para la familia, que tengan ganas y deseos de cantar y de besarse, de saludarse y hacer visitas. La Estrella del Bien hace que las personas se acuerden de los que ya no están y rememoren escenas lindas del pasado.
   La Estrella del Bien hace que las lágrimas sean de verdad.
   Fuengirola, 25 de diciembre de 2008

UNA RAMITA DE TOMILLO

    Érase una vez –porque así empiezan todos los cuentos- un matrimonio de ruiseñores que en su primera primavera de casados tuvieron a un precioso ruiseñor. La ruiseñora lo cuidaba con esmero y su esposo siempre estaba volando de campiña en campiña para llevar el alimento necesario a su ruiseñora y a su hijito.
    Tenían tanto miedo de que le ocurriese algo a su polluelo que un día se le ocurrió a la ruiseñora ponerle una cuerda resistente alrededor del cuello, pero a la vez, suave, lo suficientemente largo como para que el muchachote sintiese una cierta libertad, pero al mismo tiempo, ella pudiera controlarlo siempre sin miedo. Así que el otro extremo de la cuerda la ató con numerosas vueltas al árbol donde vivían. De esa manera, el joven ruiseñor pasó su infancia y su juventud, aprendiendo artes muy prácticas como hacer nidos y casas especiales hechas con ramas secas. Se hizo todo un experto. Tan ocupado estaba en sus labores que nunca había tenido tiempo para el amor.
    Los ruiseñores habían tenido más hijos, pero éstos fueron creciendo y marchándose de casa. Sólo el primer hijo continuaba allí con ellos, pues se les olvidó quitarla la cuerda del cuello.
    Una tarde, cuando el sol ya se había escondido entre las montañas y el campo comenzaba a trasminar esas fragancias de las flores que dan su aroma sólo por las noches, una hermosa jilguero de colorido plumaje llegó volando hasta donde estaba el ya maduro ruiseñor. Él continuaba tejiendo y tejiendo un nido para una hermana que acababa de casarse. Al verla se enamoró de ella. Era la primera vez que sintió algo así en su corazón. A la jilguero le ocurrió lo mismo. Había tenido unos cuantos admiradores, pero ella se quedó muy impresionada por el ruiseñor y también se enamoró de él. Así que quedaron en verse a la tarde siguiente, pues ella vivía a sólo quince encinas más hacia el Este.
    Llegó la hora de la cita y el ruiseñor salió volando con una rama de tomillo en flor para regalárselo a su enamorada. De pronto, un brusco dolor le atenazó el cuello y cayó de bruces sobre un charco. Allí, todo mojado y sucio de barro, se dio cuenta que la cuerda que llevaba siempre atada fue la causante de aquel accidente. Hasta entonces nunca imaginó que aquella cuerda le obligaba a estar cautivo en su propia casa.
    Cuando llegó a casa explicó lo ocurrido a su madre, pero ésta, ante el miedo de que su hijo se marchara para siempre y la dejara sola con su esposo en su vejez, se enfadó con él y hasta le dejó de hablar para que se sintiera culpable, y de esa manera se le quitara de la cabeza volar más allá de lo que ella le había permitido. Ella no estaba dispuesta a que su hijo tuviera su propia vida y se desarrollara como él desease. Ella quería tenerlo siempre allí con ella, a costa de la felicidad de él. Hasta su padre empezó a quejarse de un fuerte dolor de una de sus patas y sus hermanos casados le recriminaron que la enfermedad de su padre empeoró por culpa de él, que era un egoísta y no pensaba en que los padres estaban ya mayores. Aquello le causó tanta tristeza al ruiseñor, que estuve muchos días muy enfermo, incluso tuvo que venir el médico a atenderle en muchas ocasiones.
    Pasaron los años y el maduro ruiseñor jamás olvidó a aquella hermosa jilguero que tanto amaba, y su corazón siempre estuvo triste, incluso sus ojos jamás volvieron a brillar de alegría.
    Sus padres murieron y él se quedó solo y allí, atado a aquel árbol con ese cordel que le puso su madre, continuó hasta que se enteró de que aquella hermosa jilguero que tanto amaba, jamás se pudo enamorar de ningún otro pájaro. Los hermosos colores de sus plumas desaparecieron y siempre estuvo triste y llorosa esperando que cualquier tarde él apareciese. Una mañana se la encontraron muerta sobre una hoja. Aquello entristeció tanto al ruiseñor que en aquel instante su corazón dejó de latir. Una lágrima de él cayó en la tierra y al momento brotó una pequeña ramita de tomillo que el viento arrancó y llevó hasta la pequeña y austera tumba de su enamorada.

    15 de febrero de 2005

    (Inspirado en hechos reales, hasta en el más mínimo detalle)