jueves, 28 de octubre de 2010

CARTA DE UN HIJO ARREPENTIDO

    "Querida madre: esta tarde he decidido escribirte esta carta para hacerte saber que estoy muy triste porque he llegado a comprender que no he sido un buen hijo.
    De ti siempre he recibido ternura, protección y cariño, aunque, cuando me lo merecía, también usabas tus manos en mi piel para disciplinarme. Recuerdo que llegaba a exasperarte cuando veías que no derramaba ni una sola lágrima. Yo no quería darte ese gusto, y, aunque me doliesen tus bofetadas yo ya había decidido que me vengaría de ti de ese modo: no demostrándote ninguna reacción.
    Haciéndome un autoexámen he comprendido que me sobran varios dedos de una de mis manos para contar las veces que has recibido de mí alguna muestra que te hiciera estar orgullosa de haberme tenido en tus entrañas. Si yo no recuerdo haberte dado ni un solo día de felicidad, seguramente tú tampoco lo recordarás.
    Solo vienen a mi memoria mi rebeldía y repulsa hacia todos y hacia todo.
    Mi garganta está tensa ante el remordimiento que destilan mis sentidos y no hallo deleite en mi pasado, en mis años juveniles que los fui desaprovechando sin piedad.
    Mi corazón estaba lleno constantemente de una extraña rabia y eso también me llenaba de amargura. Nunca he sabido querer, y, aunque necesitaba desesperadamente que me quisieran, era imposible segar algo que nunca me había molestado en sembrar. No obstante, tú siempre estabas ahí, como el apuntador de una función teatral que nadie ve. Siempre me ofrecías tus consejos de manera incansable, pero tus palabras caían a un pozo sin fondo, iban a ninguna parte.
    Sólo hoy he llegado a comprender el dolor constante que siempre habrás sentido por mi culpa: cuando yo llegaba a casa totalmente ebrio; cuando me tatué los dos brazos con siglas revolucionarias; cuando te avisaron de la comisaría por haber sido detenido por tráfico de drogas; cuando te diste cuenta de que mi matrimonio fue un fracaso... Nunca pensé que todas esas cosas pudieran herirte, solo me importaba vivir mi vida y punto.
    Ahora, cuando tú ya te convertiste en una vieja y a mí ya se me ha terminado la juventud, sólo ahora he podido reaccionar ante todas las vicisitudes que ocasioné en el transcurso de mi vida, no solo a ti, sino a mi mujer y a mis dos hijos.
    Ellos crecieron y viven su vida. Nunca se amaron y yo no hice nada para inculcarles el cariño natural que deben sentir los hermanos. No solamente nunca se amaron sino que se odian. No pueden soportarse.
    Por otra parte, mi mujer me abandonó y hace unos días recibí en casa una demanda de divorcio que me envió su abogado.
    Así que aquí me encuentro solo. Siempre creí que la autoridad dictatorial sería respetada de por vida, pero veo que la paciencia tiene un límite -incluso entre las personas que hemos tenido atemorizadas-.
    Yo me siento desarmado y totalmente hundido en la miseria que yo mismo me he forjado.
    Mi hijo mayor comenzó a odiarme desde muy temprana edad, los maltratos físicos y psíquicos que le ocasioné hicieron una gran mella en su corazón y se marchó con su madre.
    El pequeño, que siempre fue mi favorito, le dí tantas alas en su niñez y adolescencia que hoy lo estoy lamentando con creces.
    Comenzó a asociarse con personas como yo y como los amigos que tuve: borrachos, drogadictos...
    Siempre le llevaba conmigo a los lugares que solía frecuentar y se crió en aquel ambiente.
    Esta mañana he podido sentir en mis carnes lo que tú sentiste en las tuyas cuando te enteraste de que me metieron en la cárcel.
    Sí, madre, no creo que una persona pueda experimentar más pena y tristeza que la que estoy padeciendo en estos momentos.
    Ha sido acusado de asesinato. La víctima no solo ha sido la persona que murió sino también mi hijo. Yo, sí, yo únicamente soy el asesino y quien debe estar encerrado.
    Hoy, madre, he podido paladear las consecuencias de la desobediencia y la autocomplacencia.
    Si aquellas buenas palabras que oía de tu boca constantemente, las hubiera atesorado en mi corazón, mi vida hubiera sido muy distinta.
    En vez de sembrar la semilla del odio y cosechar la tribulación que merezco, hubiera vivido con la única meta de hacer el bien.
    Si lo hubiera hecho, hoy no te estaría escribiendo esta carta tan lleno de remordimientos, ni te estaría causando esta última pena.
    Hoy he sabido de tus lágrimas y de tu pesar. Sí, porque todas las lágrimas que te he sacado de los ojos hoy se han vuelto en mi contra y las he llorado en un solo día."

 

LIBERTAD SIN RUMBO

    Muy señora mía: Hace unos instantes, leyendo el periódico, ví su anuncio. Aún no sé cómo estoy haciendo esto, la verdad es que sin darle muchas vueltas al asunto, me levanté y me fui directamente a escribirla.
    Su anuncio dice: "Señora de edad, seria y simpática solicita amistad". Me impresionó mucho el que no añadiese: "con señores, para fines serios".
    No sé cómo se llama, ni nada de su vida, pero... no sé, algo me dice que no debe ser una mala persona, que únicamente busca... no seguir con las ventanas cerradas a la vida.
    Siempre he pensado que cuando la vejez me visitara, nunca permitiría que la soledad deborara los pocos años que me quedaran, pero, precisamente eso es lo que me ha estado ocurriendo desde que me jubilé. Apenas salgo ni tengo amistades -en mi juventud no tuve mucho tiempo para cultivar ni un sólo amigo, o quizás sí lo tuviera, pero mi autocomplacencia me bastaba, sin pensar nunca que se podría convertir en esta soledad tan indeseada en que vivo sumergido- sólo mi viejo amigo y casi moribun- do gato es el que comparte mis largas noches de insomnio-.
    Nunca me casé. Mi juventud fue feliz, pero nunca gocé de verdadera autonomía, de decidir por mi cuenta qué hacer o no hacer en momentos realmente importantes, que podrían haber sido un acierto si hubiese sido lo suficientemente valiente para tomar una determinación. Nunca me he arrepentido de ello, pues luego resultó que, gracias a la guía -a la buena guía de mi familia- acerté en todo.
    Me hubiera gustado decidir por mí mismo mi futuro, pero estoy seguro de que no me hubiera ido mejor. Mi corazón nunca dejará de sentir agradecimiento por todos aquellos buenos y acertados consejos con que siempre conté de los míos.
    Aún doy gracias a Dios por no permitir que yo reaccionase con rebeldía, que me dotara de un corazón receptivo para actuar con discernimiento.
    Siempre fui un hombre muy feliz, y, aunque muy dentro de mí sintiera que necesitaba evadirme -sí, huír de aquella vida llena de formalidades, actuar como un bohemio- lo cierto es que nunca lo intenté. Jamás se me hubiera ocurrido dar un disgusto en casa, ni plantearme obrar de aquella manera para satisfacer únicamente mi egoísmo y mi satisfacción personal. Yo no era el único en todo aquel juego, existían otras personas que se sacrificaron realmente por mi futuro y, moralmente, me sentía con el deber de responder.
    Sí, ya sé que nunca me consultaron, que nunca capté de ellos la curiosidad de conocer mi opinión, pero bueno, desde el principio se lo permití y ya no me podía volver atrás.
    Nunca hallé en mi corazón ni una micra de resentimiento hacia ellos, porque siempre comprendí que el único objetivo que tenían, era que su único hijo fuese un hombre de provecho -como ellos decían- así que, con aquellos padres tan formidables, ¿cómo iba a defraudarles? Era preciso que, si había de existir un chivo expiatorio en todo aquello, ese fuera yo, no ellos, ellos nunca.
    Cuando primeramente mi madre murió y luego, a los pocos meses al sufrir una corta enfermedad, también la siguió mi padre, bueno, no puedo describir el vacío tan grande que sentí, era como si algún terrorista se le hubiera ocurrido amputar la mano a la que estás acostumbrado únicamente a recibir caricias.
    Pasé muchos años sin recuperarme, pero luego, cuando comencé a sentir la madurez y veía que el tiempo iba pasando y yo llevaba el mismo modo de vivir desde que tenía uso de razón, ocurrió algo en mí que me horrorizó, que me hizo llorar amargamente por habérseme ocurrido tal iniquidad. Llegué a sentir alegría por estar solo, por hacer, por fin, lo que gustase sin necesidad de consultar con nadie en absoluto, de... de que mis padres ya no estuvieran. ¿Cómo podía ser tan egoísta, Dios mío...?
    Aquella idea, que al principio me resultó tan descabellada y cruel, poco a poco se fue asentando en mí hasque quedó firmemente establecida. Sí, llegué a sentirme liberado, sin inhibiciones, como el viento. Por primera vez me sentí yo mismo. Con aquella sensación viví hasta hoy, por eso nunca necesité casarme, no quería ataduras de ninguna clase. Mi libertad era mucho más valiosa que cualquier otra cosa en el mundo y nunca permitiría deshacerme de ella.
    Claro, ese fue el pensamiento que durante algunos años se ubicó en mí, pero ya me cansé de tanta independencia, de tanto egotismo, de tanto mirarme en mí mismo.
    Me acostumbré a no amar, a no compartir, a no ser necesitado, pero todo aquello se volvió en mi contra. Ahora me hallo como un barco sin tripulación, libre, sí, pero sin rumbo fijo, a la deriva.
    Comencé a desear que todo volviese a ser como cuando mis padres vivían: necesitaba dar, ayudar, compartir, amar...
    Ya soy muy mayor, lo sé, quizás perdí el último tren de mi vida y mis oportunidades se hayan agotado, pero dentro de mí vive aquel muchacho feliz, acariciado por todo el mundo y que de nuevo quiere compartirse con alguien.
    Sé que es muy prematuro pensar que quizás sea usted esa persona que necesita mi vida, pero como somos mayores, sé que comprenderá mi impaciencia. Ya no nos queda mucho que recorrer, ¿verdad? Bueno, ¿quién sabe? a lo mejor todavía nos queda presenciar los mejores años de nuestra vida.
    Espero que me conteste y que pronto lleguemos a conocernos.

    Afectuosamente, Jaime.
     
    Fuengirola, 6 de junio de 1996.

BESOS AL AIRE

    Y ahora, un relato corto, un canto al amor, a esos problemas que a veces nos puede ahogar, pero que, si se meditara un poco en ellos con gran perspectiva, seguro que hallaríamos la solución. Espero que a alguno les sirva de provecho, por lo menos que os entretenga unos minutos. Con todo mi cariño.


    "Cuando estés leyendo esta carta, estaré a miles de kilómetros de ti.
    Esta mañana, cuando te despediste de mí con ese beso acostumbrado que dabas al aire mientras pegabas tu cara a la mía, ya lo tenía decidido, es más, ya tenía el pasaje de mi viaje guardado celosamente en el cajón de mi mesilla de noche. Tú, ignorándolo todo, me volviste a soltar aquella ensarta de órdenes estúpidas que yo, quedando como empleado de hogar desde que perdí mi trabajo hace dos años ya, me acostumbré a acatar religiosamente.
    Ya estoy harto, ¿te enteras? Ya no puedo más. Sé que que vas a pensar que soy un ingrato y que lo que te voy a hacer no te lo mereces. Yo tampoco me merezco todo esto, así que estamos en paNo creas que no te quise, no, sabes muy bien que fuimos al matrimonio queriéndote más que a mi vida, pero las circunstancias me cambiaron totalmente y ya no puedo amarte -precisamente por eso me voy- y no quiero y no debo fingir.
    Quizás -no sé lo que te andará por la cabeza- esto haya sido una liberación para ti y estés soltando un
suspiro gigantesco de alivio, pero si es al contrario, si es que aún me amas, cariño, lo siento. No quiero ser cruel, pero lo soy, no sólo contigo, sino con todo el mundo que me rodea. Estoy hastiado, todo me parece mal, pero debo seguir viviendo.
    Intuyo que dando un cambio a mi vida no sólo me voy a beneficiar a mí mismo, sino también a ti.
    He tomado prestado el dinero del pasaje y otro tanto que saqué ayer del banco para ir tirando mientras consigo un empleo. En cuanto pueda te lo devolveré todo. No me odies, yo a ti no te odio. No te quiero ya, pero no te odio.
    Hasta que la vida nos vuelva a dar la oportunidad de vernos
    Mauricio."

    Después de haber leído la carta que le escribió a su mujer, por enésima vez, la volvió a introducir en su sobre y la apoyó el el florero de la mesita del vestíbulo. Tomó la maleta que llevaba como único equipaje, se puso una gorra de pana marrón y se marchó sin echar siquiera una última mirada a su alrededor. Se sentía vacío, tanto, que no sintió en absoluto el daño que podría causar aquella decisión que había tomado. Lo único que pasaba por su mente era huir, huir, ¡huir...! Pero, ¿de qué y de quién...? Esa era la respuesta que aún no había conseguido descifrar, pero estaba seguro que algún día la hallaría.
    La mañana era fría pero lucía un sol espléndido. La gente, como de costumbre, iba a lo suyo, como programada por la misma mano para que pensaran que llevar prisa era lo esencial de la vida.
    Afuera, aún le parecía más grotesca su situación. Iba por la calle despacio, sin mirar a nadie. Siempre tenía la costumbre de comprar el diario, pero aquella mañana, cuando pasó por el puesto de revistas ni si quiera se paró a mirar los titulares de las noticias. Había decidido cambiar toda su vida anterior, morir, destruir todo lo vivido y comenzar de cero en todos los aspectos. Aún se sentía joven a sus cuarenta años y eso fue precisamente lo que lo envalentonó para darse a sí mismo una última oportunidad. Si no lo intentaba, entonces sí que estaría definitivamente perdido. No sabía aún por qué decidió marcharse a Suecia, una tierra tan lejana, tan diferente. En ese momento supo certeramente que allí sí que estaría perdido. Se paró, miró la maleta, volvió la cabeza y observó lo que anduvo. Algo le decía que volviese a desandar lo andado, que aquello era una locura, que a aquellas alturas de su vida y de su situación económica no podía permitirse el lujo de hacer lo que le apeteciese, que tenía que ser más responsable.
    No sabía qué hacer, si continuar y perderse entre la multitud y la distancia, o seguir viviendo aquella vida donde su dignidad sufría reveses a cada minuto del día.
Su machismo se vio herido al verse mantenido por su mujer, aquello era como una cuchillada que cortara su sosiego, su hombría. No podía volver, no, ya no. Había decidido muy bien todo aquello como para echarse atrás ahora, así que continuó su camino y tomó un taxi hacia el aeropuerto. Inesperadamente sus ojos se llenaron de lágrimas. Se encontraba tan perdido dentro de sí mismo, que comprendió que, por muy lejos que fuese, aquel sentimiento no dejaría de tenerlo, a no ser que... ¡no, eso no entraba en sus planes y nunca lo permitiría! ¿Qué podría hacer, entonces. El taxi continuaba devorando kilómetros sin piedad. Conforme más se alejaba de la ciudad, peor se encontraba Mauricio.
    -Lo siento, regresemos, por favor -dijo por fin al taxista-. Aquellas palabras fueron como un bálsamo que le alivió en gran manera. El taxista lo miró extrañado y se metió en la primera variante que encontró. Ahora todo era diferente. Decidió tragarse su estúpido orgullo -sus convencionalismos contagiados por una sociedad acostumbrada a poner reglas- y poner ahora las suyas propias, ser humilde ante la situación que estaba experimentando. Comprendió que amaba a su mujer como nunca antes, su mente era únicamente la que le instó desenamorarse de ella y buscarle todos los defectos, pero de ninguna manera su corazón. Tenía que seguir adelante, pero con ella, con la mujer que vivió los mejores momentos de su juventud y también los peores. Siempre fueron un equipo, cómplices en todo, ¿y ahora, por una estúpida idea que se le metió en la cabeza iba a estropear todos aquellos años maravillosos vividos con una persona a quien amaba realmente? No podía hacerle eso a ella. Se odió a sí mismo con toda la intensidad que uno pudiera tener para ello, pero a la vez, se sentía inmensamente feliz por haber despertado de aquella pesadilla que sí mismo había creado. Se había convertido en un ser amargado, en alguien cruel para sí mismo -pues nunca le dio muestras de hostilidad a su mujer- él era quien lo sufría todo, quien, calladamente, se bebía el veneno que le producía su pensar negativo. De camino a casa fue decidiendo que su punto de vista ante la vida en general iba a tomar un cambio drástico. Quizás aquello incluso le podría ayudar para hallar un nuevo empleo.
    Su entusiasmo lo llenó de energías. Ahora sí se fijaba en la gente de la ciudad -que continuaba ensimismada en sus prisas- en los edificios, hasta en un perro que olfateaba insistentemente el tronco de un árbol. De pronto vio el puesto de revistas y le dijo al taxista que se parase allí. Le pagó el importe de la carrera y compró su periódico acostumbrado.
    Una vez en casa, cerró la puerta tras de sí. Aún podía oler en el ambiente toda aquella amargura que había dejado. Tomó el sobre que dejó junto al florero y lo rompió en finas tiras arrojándolo luego a la basura. Aquella tarde iría a esperar a su mujer a la puerta de la oficina e irían a cenar y hablaría con ella. Aunque nunca la maltrató, ella seguramente notó que él no era el mismo de antes y eso también fue lo que la estaba alejando de él, por eso no se mostraba tan cariñosa como antes, y cuando le daba un beso se lo daba al aire. Mauricio decidió que aquello debía terminar aquel mismo día. Nunca permitiría por más tiempo que aquellos besos fueran desperdiciados y fuesen a ninguna parte.
    Por fin llegó la hora de salida de su mujer. Ella se quedó un tanto sor-
prendida al verlo allí. Iba a preguntarle qué ocurría, pero él no la dejó articular ni una sola frase. La tomó entre sus brazos y en medio de todo el mundo le dio el beso más maravilloso y lleno de amor que había dado nunca. Ella continuaba queriendo hablar, pero él insistía en que las palabras no eran el medio más adecuado para él disculparse. Intuitivamente ella comprendió que no había nada que hacer y se rindió ante su marido. Seguramente aquello fue el preámbulo de que nunca más se desperdiciaría un solo beso en la vida de ambos.

    Fuengirola, 10 de marzo de 1996.

 

UN TÉ EN EL ESCRITORIO

    Cariño, ¿te apetece un café? Acabo de poner la cafetera al fuego. Mientras se hace me voy a sentar un rato contigo. Estaba en la despensa cogiendo un paquete de azúcar y me puse a pensar en todos estos años, amor mío. ¿Qué felices hemos sido, verdad? y de qué manera nos hemos encargado tú y yo de que nuestro amor se hiciese cada vez más grande. A mí personalmente no me ha costado absolutamente ningún esfuerzo amarte, siempre has sido tan considerado conmigo, tan cariñoso, he recibido de ti tantas y tantas satisfacciones, mi vida... Siempre estuve incluído en tus planes, incluso hasta antes de conocernos, ¿lo recuerdas? Desde el mismo principio estuviste resuelto en que si lo nuestro era amor, que mandabas a paseo todo lo que obstaculizase el que pudiéramos estar juntos.
    Mi vida, lo nuestro fue muy fuerte. No hicimos más que conocernos, anulamos nuestros perfiles de aquella página de internet, no nos interesó conocer a nadie más. Luego... bueno, todo vino solo, nos dejamos llevar porque siempre creímos que esto podría valer la pena.
    Nunca olvidaré aquel 25 de febrero, era sábado. Fue el día en que decidiste venir a conocerme a Málaga desde Madrid. Temía tanto que todo se viniese abajo, que no nos gustáramos en persona...
Recuerdo que llegué a la estación media hora antes, allí estuve visualizando una y otra vez nuestro primer encuentro, teníamos tantas ganas de sentir nuestros cuerpos fundidos en un abrazo... Ahí empezó realmente nuestra historia de amor, querido mío.
    Tú fuiste testigo de absolutamente todos mis éxitos literarios y de mis decepciones al no obtener la aceptación esperada de algunas de mis obras. Creo que sin ti nunca me hubiera envalentonado a publicar nada, pero tú me insististe hasta la saciedad a que yo lo hiciese. Fuiste mi más ferviente admirador, siempre creíste en mí. Cuando me ves escribir, siempre te quedas en la sombra, conmigo, como si no existieses, pero siento detrás de mí tu calor de una manera maravillosa, sé que te tengo sentado en tu sillón leyendo los capítulos que voy terminando, y de vez en cuando me traes un café o un té, te cuidas incluso de no hacer ruído ni con la cucharilla al moverlo, me lo dejas sobre el escritorio sin decirme una palabra, pero yo siempre tengo la necesidad de darte un beso en la mano, de sentir tus besos en mi nuca. Dejo de escribir un instante, no nos decimos nada, pero nos estamos amando. Luego regresas a tu sillón y yo... bueno, tú nunca me ves, pero yo siempre sonrío, mientras que con la lengua alcanzo esa lágrima que haces que se derrame por mi cara, de tanta felicidad.
    Aún salimos cada tarde a bebernos el mar, aunque llueva o haga viento, nos abrigamos y salimos a la playa a despejarnos, damos nuestros paseos por el parque, por el puerto, callejeamos por la ciudad, nos tomamos nuestro té americano con una porción de esa tarta Sacher tan exquisita que hacen en el Cheers, luego solemos ir a LUCES, nuestra librería favorita, siempre hallamos algo interesante que llevarnos a casa, nunca dejaremos de ser ratones de biblioteca y grandes lectores. Cada día es más maravilloso que el anterior, y así siempre, mes tras mes, año tras año. Se acerca nuesto treinta aniversario. Fíjate, estamos ya en el recién estrenado 2036...
    Sólo vivo para amarte, es mi empresa más importante, la más importante de todas las que he emprendido en mi vida, las demás fueron vanas experiencias-piloto, como yo llamo a esos "amores" que luego llegaron a ser menos que nada, así que me presenté a ti sin un sólo residuo, sin un sólo fantasma del pasado, limpio completamente de cualquier dolor o amor por alguien del pasado. Tú siempre estuviste consciente de que me querías dar lo mismo, necesitabas otorgarme lo mejor de ti.
    Siempre has contado con mi sonrisa, con mis besos, con mis caricias, con esa llamada a tu móvil para enterarme cómo estabas llevando el turno o si te apetecía alguna cosa especial para la cena. Los días que caías enfermo y te tomabas unos días de descanso, yo también me tomaba vacaciones para cuidarte, no abría el ordenador para nada, ahí se quedaban los personajes de mis relatos sin hablar, sin decir nada, aunque cuando dormías me ponía a meditar en el silencio de la alcoba, sobre el siguiente capítulo, para luego ponerme a escribir cuando te recuperases. Tú siempre has sido mi prioridad, cariño mío, así que todo ha sido secundario por muy importante que fuera.
    Siempre hemos contado con nuestro pequeño espacio para nuestra soledad, para escuchar nuestra propia música, para tomar un café con un viejo amigo, para perdernos algún día en hacer alguna comprilla clandestina para un regalo sorpresa. A veces no hemos podido ir al gimnasio juntos, o al teatro si estabas con el turno de tarde, pero bueno, eso también nos ha servido para estar con nosotros mismos a ratos, que tampoco viene nada mal, porque así tenemos ocasión de echarnos de menos y tener ganas de volver a vernos. Eso de darse demasiados espacios no es ni lógico ni sano para que un amor siga fuerte. Si una pareja tiene demasiados espacios, eso quiere decir muchas cosas, sobre todo está gritando la poca sustancia que tiene esa relación, que no importa a ninguna de las partes estar sin el otro grandes períodos de tiempo. Cuando dos personas se aman están siempre deseando estar con el ser amado, aunque tengan sus pequeños espacios también. A nosotros nos ha ido muy bien la manera en que decidimos hacerlo, ¿verdad, mi vida? Siempre hemos compartido todo, nuestras familias, nuestros amigos, nuestras aficiones incluso... y todo por agradar al otro. A veces incluso nos hemos sorprendido ver que nos hemos aficionado a cosas que no creímos nunca que nos iban a gustar. El amor hace maravillas con las personas.
    Los dos siempre hemos sido muy caseros, pero también hemos sido grandes amantes de los viajes. Siempre me ha gustado llevarte a rincones que me han impresionado en los viajes que hice antes de conocerte, como aquella plaza sombría con una palmera en el centro, donde nació Marco Polo, en Venecia... aquel barrio de Budapest en la colina, donde aún sus farolas se encienden con gas... el cementerio judío de Praga, con aquellas tumbas unas encima de las otras, llegando a formar altos montículos que se ven desde afuera, saliendo de sus tapias... aquel estanque semi congelado de Salzburgo, donde en la parte aún no congelada continuaban nadando aquellos blanquísimos cisnes... aquel bosque junto al palacio del Rey Loco en Baviera, salpicado de gacelas tan curiosas y atentas a nosotros que las contamplábamos maravillados... aquella taberna del barrio de La Boca, en Buenos Aires, junto al puerto, donde bebimos aquella sidra de barril tan fría... aquellos paseos por Mont-Martre viendo La Bohemia eterna de ese París no menos eterno... El Café Savoy en Viena, donde exponen los artistas sus creaciones, donde nos tomábamos la auténtica Sacher con un buen cacao caliente, mientras tú leías y yo escribía en el diario de viaje que siempre llevo. Y luego me ha encantado descubrir siempre contigo nuevos sitios, lugares que siempre serán especiales para nosotros y a los que queremos volver algún día. ¿Recuerdas aquel viaje que hicimos en el Orient Express desde Londres a Shangai? Nos pasamos un montón de días durmiendo en aquel romántico coche-cama, como si fuésemos personajes sacados de una novela de Patricia Highsmith o Agatha Christie...
    Espero que Dios nos conceda aún muchos años de vida para continuar con este idilio que se me antoja eterno, sin fin. ¿Sabes? Me apetece muchísimo seguir amándote y seguir recibiendo el amor más maravilloso de todos los amores inventados: el tuyo, amor mío.
    Gracias. Gracias por amarme de esa manera desde el principio. Gracias por haberme concedido lo más preciado de la Vida: sentirme amado y hacer que mi corazón también haya aprendido a amar con un amor superlativo.


    Málaga, 18 de febrero de 2006

PETUNIA

    Sólo hace cuatro días que me faltas. No me puedo hacer a la idea de que ya no te volveré a ver más. Eras tan jovial cuando eras pequeñita, tan graciosa, tan llena de vida... Incluso hasta sólo un minuto antes de decirte adiós te mostraste contenta al verme cuando te sacaron de la jaula de la peluquería, pero qué poco podías imaginar que yo, en quien siempre confiaste, estaba decidido a que no salieses viva de aquel lugar. Dos minutos antes, tu doctora me dio la noticia de que estabas enferma, muy enferma, y que si demoraba tu muerte podrías sufrir mucho. La idea de que sintieras algún dolor me puso enfermo, fue como si alguien derramse aceite hirviendo sobre mí. La doctora me dijo que lo pensase, que te llevara a casa y que al día siguiente te llevase de nuevo a la clinica, pero en ese momento supe que si te llevaba a casa no sería capaz de llevarte a la muerte a sangre fría. Tuve que actuar sin pensar demasiado en el asunto. Sólo me dejé llevar por mi instinto protector, atrás dejé mi egoísmo de querer seguir teniendo tu compañía, tu mirada, con aquellos ojos negros tan brillantes, que me decían a cada instante cuánto me querías.
     Oh, Petunia. Siempre te guardaré en uno de los rincones más importantes de mi corazón, como uno de los seres que más atención me mostraron, que más agradecimiento y que más lealtad supieron darme.
     No puede imaginarte qué vacío tan horroroso siento cuando abro la puerta de casa y no siento tus pezuñas por el pasillo, ávida de encontrarte conmigo y ofrecerme tus zalamerías de siempre; o cuando estoy viendo la tele y no te siento debajo de mis pies toda dormida y fresquita debajo del ventilador; o cuando salgo a la terraza y no te veo en tu sitio preferido atenta a la ventana del vecino para ponerte a ladrarle como una energúmena en cuanto se asomase.
     Ya he paseado por las calles en que solía llevarte y la pena me embarga cuando de pronto advierto que no voy contigo, que voy solo. Sé que tendré que superar todo esto, pero mientras llegue el día en que eso ocurra lo seguiré pasando mal y derramando lágrimas en el momento menos oportuno, pero el corazón carece del sentido de la medida, sólo se limita a sentir y a exteriorizar lo que emana de él, aunque el momento sea el menos adecuado.
     Cuando te subía la mesa de operaciones, te quité el bozal y te tendí. Entonces comencé a hablarte muy bajito al oído, mientras te acariciaba la cabeza. Seguía hablándote cuando la doctora me interrumpió:
     -Manolo, no le hables más. La Petu ya está dormida.
     No me lo podía creer. Seguías allí conmigo, con los ojos aún abiertos. ¿Cómo no pude notar cuando la muerte apagó tu espíritu y te dejó allí en mis brazos?
     Petunia, Petunia. ¿Por qué pronuncio tu nombre, si sé que no puedes oírme? Anoche, en la oscuridad, me sorprendí a mí mismo haciéndolo y me horroricé cuando sentí sólo el silencio y la soledad como única respuesta. Fue cuando realmente advertí la realidad.
     Sé que el sol entrará muy pronto por mi ventana y que este dolor que siento se convertirá en dulces recuerdos, en la evocación de haber tenido una maravillosa amiga que siempre estará ahí.
     Gracias por todo, mi niña chiquitilla guapa.

    Fuengirola, 10 de junio de 2000.

    A Petunia, con todo mi cariño.

EL PEQUEÑO GOLFO

    El pequeño golfo tenía la mirada fija en aquel niño que se estaba comiendo el bocadillo a regañadientes por la imposición de su madre. Cómo esperaba el momento en que el niño tirase el bocadillo en la primera papelera que encontrase cuando su madre no lo viera... pero ésta no apartaba la mirada de su hijo, para estar segura de que iba a ser obedecida.

    El pequeño golfo tuvo que darse por vencido y contentarse con buscar en las papeleras del parque. Sus manos estaban sucias. Comenzó a buscar en la basura y se encontró con una lata de Coca-cola medio vacía, sin dudarlo un segundo, se la bebió de un sólo trago. Luego halló una bolsa de plástico que contenía medio plátano metido en su propia piel y un trozo de pan aún blando. Aquello duró lo que dura un abrir y cerrar de ojos.

    Con las manos en los bolsillos se fue caminando por los jardines interiores del parque. Su cuerpecillo diminuto, con aquel pantalón azul claro de peto sucio y harapiento y con aquellas zapatillas de deporte viejas y descosidas, eran lo más digno de lástima. De pronto se encontró con una cabina teléfonica, y con toda la naturalidad del mundo abrió la puertecilla metálica donde se recoge el cambio y metió los dedos, pero no había ni un sólo duro. Siguió su camino. Por fin llegó al estanque de los cisnes. Aquel lugar siempre estaba infestado de padres acompañando a sus hijos. Éstos, con grandes bolsas de palo-mitas de maiz y de papatas fritas alimentaban a los cisnes mientras el pequeño golfo pensaba que ser cisne, después de todo, no era ninguna tontería, por lo menos estaban ali-mentados sin hacer nada a cambio.

    Sus grandes ojos negros comen-zaron a brillar porque las lágrimas estaban a punto de volver a salir. Con cuánta frecuencia se derrama-ban sobre sus morenas mejillas. Puso sus brazos sobre la barandilla de hierro del estanque, recostando sus mejillas en ellos. Su mente, mientras miraba los rayos del sol filtrándose entre las copas de los árboles y ante los gritos y risas de aquella chiquillería allí concentrada, comenzaba a a recordar a su madre. Sólo la recordaba de una mane-ra: muriéndose. En esos pensamientos se veía un poco más pequeño, cogiendo la mano aún caliente de su madre que acababa de morir.

    De pronto, una mano se posó en uno de sus hombros y rápidamente aquella evocación se disipó. Era una niña con largas trenzas rubias y ojos castaños. El pequeño golfo se limpió las lágrimas con las mangas de su deshilachado jersey de lana roja y le preguntó a la niña qué quería. La niña quería saber por qué estaba tan sucio. El pobre chiquillo quiso morirse en ese mismo momento. Le dio un empujón y salió corriendo con el rostro lleno de rabia. Siguió corriendo hasta que no pudo más. Se sentó en el borde de una acera jadeando de cansancio.
 
    La tarde comenzaba a iluminar el cielo de grandes luceros y sin darse cuenta, se encontró en medio de una noche húmeda y fría. Los cristales de los coches estaban mojados de rocío. El pequeño golfo escribió en el cristal de uno la palabra "casa" y siguió caminando con los hombros encogidos de frío. Cuánto deseaba estar en una casa caliente y junto a su madre. Aquel horrible colegio donde fue internado era peor que una sala de torturas. Los demás niños le hacían daño y se reían de él. Una noche mientras todos dormían y ante un descuido de la celadora, cogió las llaves que ésta guar-daba en un cajón de su mesa y se escapó. Hacía ya cuatro meses que se las arreglaba solo.

    Unos contenedores de basura le hicieron detenerse. Buscó entre toda aquella porquería, pero no pudo encontrar nada seco que llevarse a la boca. Todo estaba mojado. A los pocos minutos se encontro con un montón de basura junto a las puertas cerradas de una tienda de ultramarinos. Comenzó a buscar y se encontró con varios restos de embutido. Los echó en una bolsa de plástico y vació el gran saco de papel donde estaba la basura, lo dobló y se lo llevó consigo. Siguió caminando mientras comía con gran apetito el resto de una longaniza. Aquellas calles le parecían un bosque tenebroso, pero estaba acosumbrado a pasar miedos, calamidades, miserias...

    Al fin llegó al lugar habitual donde pasaba la noche. Se trataba de un oscuro callejón sin salida, que era la entrada de una vieja fábrica abando-ada. Allí podía guarecerse del frío y de la lluvia, pero a penas podía dormir. No lograba acostumbrarse a las ratas ni a los insectos que habían en aquel lugar. Cogió la bolsa con comida y la enganchó a un clavo que sobresalía de una pared, pa-ra que no se lo comieran aquellos animales. Desdobló el saco de papel, se sentó en el suelo y se intro-dujo en él. Aquello le sirvió de saco de dormir.

    Cuando entró el primer rayo de sol entre las rendijas de las viejas persianas, los ojos del pequeño golfo se abrieron y comenzaron a mirarlo todo hasta que por fin reaccionaba y lograba recordar en qué lugar estaba. Miró con solicitud hacia el lugar donde enganchó la bolsa con la comida, con el temor de que hubiera desaparecido, pero no, allí seguía. Se levantó y cogió un trozo de mortadela y se lo comió. Se echó a la calle de nuevo.

    Así transcurría la triste y vacía vida del pequeño golfo, hasta que una mañana de febrero, blanca por la nieve que había caído la noche anterior, los ojos... esos enormes ojos negros del muchacho no se abrieron cuando el primer rayo de sol entró acariciando su rostro. Su pequeño cuerpo, abrazándose a sí mismo yacía congelado dentro de aquel saco de papel. Parecía dormido, pero sus ojeras y sus labios estaban morados. La muerte puso en sus mejillas dos lirios recién cortados.

    Una rata merodeaba alrededor tra-tando de comerse un trozo de pan que sobresalía de una bolsa de plástico.

    Nadie le echaría de menos, quizás nadie supo nunca lo que ese cora-oncito sufrió y la amargura que tenían las lágrimas que destilaron sus ojos.

    Fuengirola, 21 de mayo de 1990.

UNA RAMITA DE TOMILLO



    Érase una vez –porque así empiezan todos los cuentos- un matrimonio de ruiseñores que en su primera primavera de casados tuvieron a un precioso ruiseñor. La ruiseñora lo cuidaba con esmero y su esposo siempre estaba volando de campiña en campiña para llevar el alimento necesario a su ruiseñora y a su hijito.
    Tenían tanto miedo de que le ocurriese algo a su polluelo que un día se le ocurrió a la ruiseñora ponerle una cuerda resistente alrededor del cuello, pero a la vez, suave, lo suficientemente largo como para que el muchachote sintiese una cierta libertad, pero al mismo tiempo, ella pudiera controlarlo
siempre sin miedo. Así que el otro extremo de la cuerda la ató con numerosas vueltas al árbol donde vivían. De esa manera, el joven ruiseñor pasó su infancia y su juventud, aprendiendo artes muy prácticas como hacer nidos y casas especiales hechas con ramas secas. Se hizo todo un experto. Tan ocupado estaba en sus labores que nunca había tenido tiempo para el amor.
    Los ruiseñores habían tenido más hijos, pero éstos fueron creciendo y marchándose de casa. Sólo el primer hijo continuaba allí con ellos, pues se les olvidó quitarla la cuerda del cuello.
    Una tarde, cuando el sol ya se había escondido entre las montañas y el campo comenzaba a trasminar esas fragancias de las flores que dan su aroma sólo por las noches, una hermosa jilguero de colorido plumaje llegó volando hasta donde estaba el ya maduro ruiseñor. Él continuaba tejiendo y tejiendo un nido para una hermana que acababa de casarse. Al verla se enamoró de ella. Era la primera vez que sintió algo así en su corazón. A la jilguero le ocurrió lo mismo. Había tenido unos cuantos admiradores, pero ella se quedó muy impresionada por el ruiseñor y también se enamoró de él. Así que quedaron en verse a la tarde siguiente, pues ella vivía a sólo quince encinas más hacia el Este.
    Llegó la hora de la cita y el ruiseñor salió volando con una rama de tomillo en flor para regalárselo a su enamorada. De pronto, un brusco dolor le atenazó el cuello y cayó de bruces sobre un charco. Allí, todo mojado y sucio de barro, se dio cuenta que la cuerda que llevaba siempre atada fue la causante de aquel accidente. Hasta entonces nunca imaginó que aquella cuerda le obligaba a estar cautivo en su propia casa.
    Cuando llegó a casa explicó lo ocurrido a su madre, pero ésta, ante el miedo de que su hijo se marchara para siempre y la dejara sola con su esposo en su vejez, se enfadó con él y hasta le dejó de hablar para que se sintiera culpable, y de esa manera se le quitara de la cabeza volar más allá de lo que ella le había permitido. Ella no estaba dispuesta a que su hijo tuviera su propia vida y se desarrollara como él desease. Ella quería tenerlo siempre allí con ella, a costa de la felicidad de él. Hasta su padre empezó a quejarse de un fuerte dolor de una de sus patas y sus hermanos casados le recriminaron que la enfermedad de su padre empeoró por culpa de él, que era un egoísta y no pensaba en que los padres estaban ya mayores. Aquello le causó tanta tristeza al ruiseñor, que estuve muchos días muy enfermo, incluso tuvo que venir el médico a atenderle en muchas ocasiones.
    Pasaron los años y el maduro ruiseñor jamás olvidó a aquella hermosa jilguero que tanto amaba, y su corazón siempre estuvo triste, incluso sus ojos jamás volvieron a brillar de alegría.
Sus padres murieron y él se quedó solo y allí, atado a aquel árbol con ese cordel que le puso su madre, continuó hasta que se enteró de que aquella hermosa jilguero que tanto amaba, jamás se pudo enamorar de ningún otro pájaro. Los hermosos colores de sus plumas desaparecieron y siempre estuvo triste y llorosa esperando que cualquier tarde él apareciese. Una mañana se la encontraron muerta sobre una hoja. Aquello entristeció tanto al ruiseñor que en aquel instante su corazón dejó de latir. Una lágrima de él cayó en la tierra y al momento brotó una pequeña ramita de tomillo que el viento arrancó y llevó hasta la pequeña y austera tumba de su enamorada.

    15 de febrero de 2005

    (Inspirado en hechos reales, hasta en el más mínimo detalle)