81.-La primera mitad de nuestra vida nos la pasamos callándonos a todo y la otra mitad nos la pasamos no callándonos a nada.
82.-No porque alguien tenga una posición "más alta" que la nuestra tiene derecho a decirnos lo que le venga en gana y sentirnos obligados a callarnos. No, precisamente porque tenemos la lengua en el mismo sitio que esa persona.
83.-No existen millones suficientes en la banca internacional para etiquetar a una persona como de más calidad que otra que vive por ejemplo debajo de un puente. Aquí venimos sin nada y nos vamos igual. Nos pudrimos de igual manera en el cementerio. (Inspirado en La Biblia)
84.-Los ricos sienten más pena de morirse porque ninguna de sus posesiones las pueden disfrutar en ese sueño profundo; en el cementerio son iguales que el resto de los enterrados, por mucho mármol y estatuas que le pongan a sus tumbas.
85.-Me hace mucha gracia que alguien que comete una maldad contra su semejante, se sorprenda luego cuando la cometen contra él. Pretenden hacer de las suyas y salir sin un rasguño en el intento. Esa mala actitud siempre tiene el efecto boomerang.
86.-No todos los ricos son malos, ni todos los pobres son buenos. La mala o buena condición de cada persona está en nosotros independientemente de lo que tengamos en nuestra cuenta bancaria.
domingo, 13 de marzo de 2011
viernes, 11 de marzo de 2011
SI TÚ FUERAS...
Si tú fueras el mar…
te nadaría,
exploraría tus entrañas,
galoparía
en caballitos dorados
para buscar tu sonrisa.
Si fueras noche oscura…
te alumbraría
con el candil de mis besos
y tus tinieblas relucirían.
Si tú fueras monte
me acostaría
en tu hierba y me dormiría
y soñaría
con tu fragancia
de tomillo en flor.
Y desearía
despertar en tus laderas
al despuntar el día.
Si tú fueras el eco
no pararía
de decir tu nombre.
Contestarías
con tu acento enamorado
y repetirías
con el mío en tus labios.
Si tú fueras fuego
me quemaría
en tus candelas.
Me abrasaría.
Y en las lenguas de tus llamas
dibujaría
tu corazón y el mío.
Eso haría yo.
Eso haría.
Fuengirola, 11 de marzo de 2011.
viernes, 4 de marzo de 2011
CON TODAS ESTAS COSAS...
Los torrentes que quedan de las lluvias invernales…
La fragancia del mar a la caída de la tarde…
El instante en que oigo la anhelada voz del ser amado…
Cuando me parece que no me cabe más felicidad con un “te amo”…
Su mano que busca la mía y la halla asombrada y dócil…
El estar a punto de llegar a casa sabiendo que me espera…
Mirar el reloj y descubrir que su tren ya llegó…
La excitación por saber qué sorpresa me ha preparado esta vez…
Su sonrisa, tan inspiradora siempre…
El olor del café de la mañana…
El silencio absoluto de la noche…
La luna cuando sale del mar en su plenilunio de agosto…
Nadar por la noche en la playa mientras miro las estrellas…
Cobijarme dentro del edredón en las noches de frío…
Beber con ansia un vaso de agua fresca cuando la sed me debilita…
Un ramito de violetas que alguien me regaló, sabiendo que eso no se volverá a repetir…
Una palabra nunca pronunciada y que durante tanto tiempo esperé oír…
Lograr alguna vez una de las metas que me he puesto…
Escribir un poema a alguien apreciativo…
Que la persona que amo me bese inesperadamente…
Recibir la noticia de que alguien conocido se recuperó de su enfermedad…
Saber que algún amigo se nos enamoró y que no hay quien le pille…
Pero que cuando se le aplaca el hechizo inicial se acuerda de llamarme para contármelo todo…
Un té recién hecho en un rincón entre la luz de unas velas…
El aroma de un bizcocho cociéndose en el horno…
Mirar atrás y comprobar que no he dejado sucio mi camino…
Sentir que mi juventud la sembré en una buena tierra…
Estar convencido de que la paz es el punto final de mis decisiones…
Saber -por otros- que el rencor es una gran pérdida de tiempo, no por mi propia experiencia…
Sentirme afortunado teniendo lo necesario…
El momento de despertarme, porque de repente el amor hace que mi corazón salte...
Cuando cada noche, en la oscuridad de mi cuarto, acudo a la cita que tengo con Dios…
Con todas estas cosas soy el hombre más feliz de la Tierra.
Fuengirola, 4 de marzo de 2011
miércoles, 2 de marzo de 2011
LA AUTOINCULPACIÓN
Los desechos de una vida siempre vuelven, despiertan cuando menos lo esperamos. Ahí están agarrados a nuestras vísceras, como si haciendo eso nos tuvieran en sus garras, como si tuvieran ya decidido destrozarnos las entrañas si no caemos desesperados y atormentados. Ellos no quieren nuestra sonrisa y nuestro olvido, ellos quieren machacarnos, pisotearnos como una colilla medio humeante tirada en el suelo. A veces se topan con la rebeldía de algunos que no les importa el dolor físico y dan la espalda a los tormentos agazapados que aspiran a estar siempre resucitando en el momento menos esperado.
Nuestras conciencias están ahí inherentes en nosotros, no nos hace falta ningún recordatorio adicional, ni ningún torturador particular. Los recuerdos fluyen suavemente, como cuando comienza a despuntar el alba y sin darnos cuenta la última estrella se apaga del cielo y nos encontramos con un sol radiante y vivo. Entonces es cuando debemos decidir recordar el dolor para pasar un día gris o negro o paliar nuestro temor con los recuerdos que nos da la vida, los que vivimos ayer que tanto nos hizo reir, que nos hizo llorar de felicidad.
Atrincheramos en lo más recóndito de nuestro ser todo aquello que nos hace desfallecer, porque el dolor nos espanta, a veces deseamos un trasplante de cerebro, cerrar los ojos y que al abrirlos de nuevo seamos una nueva persona, pero luego caemos en la gente que nos quiere, en la gente que amamos y desechamos esa idea absurda. El amor todo lo destila, es como un árbol que hace que su fruto tenga agua pura.
La noche es abominable para los atormentados, dibuja en la pared del dormitorio todo aquello que deseamos olvidar y lo vemos como si estuviésemos viendo una película en todd-ao, para que nos enteremos de lo que vale un peine. A ella nada le importa nuestro descanso y que a la mañana siguiente temamos abrir los ojos de nuevo por temor que en las paredes aún estén proyectadas nuestras lágrimas. Pero un día se nos cayó la venda que nuestra culpa nos puso. Cayó en nuestras manos el Libro de los libros y lo abrimos, y sin pasar una sola página allí estaba como brillando más que ningún otro versículo. Allí estaba como grabado a fuego, con letras de oro, que nosotros no somos nadie para juzgarnos a nosotros mismos, porque nos convertiríamos en el más injusto de los jueces, en el más inquisidor y tirano, que ya existe un Juez vestido de Él mismo, que es amor, sin necesidad de togas negras inspiradoras de temor y Su único birrete es la justicia. Sus manos no contienen mazos ni puños cerrados, sino comprensión y delicadeza. El Anciano de Días, como lo describió el profeta Daniel en la visión que tuvo, sentado en Su trono de juicio. Él es el Único que puede portar nuestras culpas, porque nos conoce desde que éramos embriones dentro de nuestra madre y sabe qué contiene nuestros corazones. Sabe a la perfección cómo atacar a la plaga inmisericorde que agota nuestros corazones.
Podemos curarnos de nosotros mismos, nuestras uñas dejarán de clavarse en nuestro pecho y nuestros dientes ya no morderán más nuestros labios. Nosotros mismos somos nuestra enfermedad cuando insistimos que una culpa debe clavarse como cristales rotos en nuestra paz.
No venimos a la vida con una moviola debajo del brazo y no es posible borrar lo vivído, lo adverso de nuestros actos, pero sí existe algo llamado perdón. Si acudimos a Él cuando lo necesitemos dejaremos de juzgarnos a nosotros mismos. El Dios Feliz se llama a sí mismo así. Seamos felices. Si nos asemejamos a Él en Sus cualidades y llevamos las lágrimas de nuestra autoacusación al pañuelo de Su comprensión lo vamos a lograr.
Entonces nuestras noches nos recogerá en sus alas, nos narcotizará suavemente y soñaremos con el amor, con toda una vida llena y cuando despertemos veremos nuestras ventanas abiertas y nuestro cuerpo sentirá el frescor de la mañana.
Fuengirola, 02 de marzo de 2011
sábado, 19 de febrero de 2011
¡QUÉ DARÍA YO...!
Qué daría yo por dibujarte en el aire
y verte de cerca en cada plaza,
en las olas que se rompen en la playa,
grafitado en las paredes de las calles…
Qué daría yo por poder acariciarte
cuando te busco por los rincones de la casa,
-pero sólo hallo esta ausencia que me mata-
por poder llorar de dicha a cada instante…
Qué daría yo por ser tu ánimo, tu acicate,
cuerpo etéreo que en el aire se desplaza,
penetrar en lo más hondo de tu alma
y llenarte todo entero de mi amarte…
Qué daría yo por ser guirnalda y rodearte
y así olieras el rocío de mis ansias,
que chorrea de mi cuello a tu garganta,
ofreciéndote el ardor de mi soñarte.
Qué daría por ser diana y despertarte
sin corneta ni campana en la mañana,
ser cobertor en las frías madrugadas,
con mi cuerpo sobre el tuyo, en mi entregarte.
Qué daría por ser bosque impenetrable,
organizar una gran fiesta con las hadas
y luciérnagas de antorchas en tu cara
para verte eternamente en mi besarte.
¡Qué daría yo…!
Fuengirola, 19 de febrero de 2011
miércoles, 2 de febrero de 2011
YA LO SABES...
Pues ya sabes...
que la vida me parece escasa,
que las mañanas se desaprovechan sin ti,
que los días y las noches son como un periódico no leído,
que cuando cae la tarde, los morados y naranjas me parecen grises,
que los besos que sueño los noto en mi cuello, aunque no estés,
que tu olor lo llevo impregnado todo el día,
y tu risa, y tu mirada que me dice todo lo que me amas.
La puerta está cerrada a cal y canto esperándote,
quiero sentir el ruido de tu llave al entrar en la cerradura
y escuchar el peso de tu mochila al dejarla en el suelo.
Y entonces yo abro mis brazos y te acaparo, no quiero soltarte
y tu cara se llena de mis labios ávidos de amarte, y tu boca.
Ya lo sabes...
que todo el amor inventado se hizo para nosotros,
que de tu casa a mi casa ya te conoce cada montaña y cada árbol,
cada túnel y cada estación,
que la persiana se sube sola porque sabe que aparecerás
y quiere que yo te vea venir...
Estar sin emociones significa volver a sentir por ti.
Prescindir de tus horas me apaga todo,
pero todo yo se llena de tu sol cuando te veo aparecer,
para luego llenarme de sombras en cuanto te vas.
Y mi vida se va llenado de ti en mi pensarte
pero ya no cabes, si entras un poco más te derramarás
y te saldrás de mi vaso.
Ya no es posible llenarme más de ti,
si lo hiciera un nuevo universo sería creado
para poder contener todo tu amor.
Fuengirola, 2 de febrero de 2011
que la vida me parece escasa,
que las mañanas se desaprovechan sin ti,
que los días y las noches son como un periódico no leído,
que cuando cae la tarde, los morados y naranjas me parecen grises,
que los besos que sueño los noto en mi cuello, aunque no estés,
que tu olor lo llevo impregnado todo el día,
y tu risa, y tu mirada que me dice todo lo que me amas.
La puerta está cerrada a cal y canto esperándote,
quiero sentir el ruido de tu llave al entrar en la cerradura
y escuchar el peso de tu mochila al dejarla en el suelo.
Y entonces yo abro mis brazos y te acaparo, no quiero soltarte
y tu cara se llena de mis labios ávidos de amarte, y tu boca.
Ya lo sabes...
que todo el amor inventado se hizo para nosotros,
que de tu casa a mi casa ya te conoce cada montaña y cada árbol,
cada túnel y cada estación,
que la persiana se sube sola porque sabe que aparecerás
y quiere que yo te vea venir...
Estar sin emociones significa volver a sentir por ti.
Prescindir de tus horas me apaga todo,
pero todo yo se llena de tu sol cuando te veo aparecer,
para luego llenarme de sombras en cuanto te vas.
Y mi vida se va llenado de ti en mi pensarte
pero ya no cabes, si entras un poco más te derramarás
y te saldrás de mi vaso.
Ya no es posible llenarme más de ti,
si lo hiciera un nuevo universo sería creado
para poder contener todo tu amor.
Fuengirola, 2 de febrero de 2011
lunes, 17 de enero de 2011
EL DESAHUCIO
Mi vecina Araceli llora, hemos sido vecinas durante 47 años. Mañana desahucian el edificio, nos echan. A mí ya no me quedan lágrimas. Aquí en esta casa maloliente y llena de ratas viví los mejores años de mi vida y también los peores. Aquí pasé hambre, parí a mi único hijo, que murió de una enfermedad del pulmón a los 3 años, mi marido estuvo en la cama durante 8 años tras el derrame cerebral. Aquí fue donde me entregó el primer sueldo de casado, donde le preparé la primera comida, donde le lavé la primera ropa, donde me quité el velo de novia, donde entregué la flor de mi inocencia. Aquí fue donde cosí tanta y tanta ropa de vecinas que me traían sus telas, donde hice el ajuar de tantas jóvenes casaderas. Todo eso habrá sido una anécdota en mi vida, sin escenario, sin piedras que puedan decirlo si hablasen.
Araceli sigue llorando, pobre mujer, también se quedó sola como yo hace siete años que murió Miguel, su marido. Su única hija se fue a Alemania a trabajar y allí se quedó, allí se casó y no echa cuenta de la madre. Hala, que se pudra en cualquier residencia. Tenga usted hijos para esto. Hace media hora llamó a mi puerta Piedad y Ramón, vecinos de toda la vida, llorando.
-Águeda, venimos Ramón y yo para despedirnos, mujer. ¡Esto es muy grande, muy doloroso, Dios mío! ¿Cómo pueden hacer esto con todos nosotros?
Los tres nos fundimos en un eterno abrazo entre lágrimas y gritos de dolor. Ellos fueron siempre nuestra despensa cuando Antonio -mi marido- se quedaba parado o yo me quedaba sin costura. Qué buena gente, qué solidaria, gente pobre como una y que sacaba de donde no había para compartirlo.
Abrí la puerta y eché una última mirada al pasillo, a la puerta abierta de mi dormitorio y dí un suspiro que me hizo temblar. Acaricié el quicio de la puerta y salí sin cerrar, pero me llevé mi llave y la de Antonio, que siempre estuvo colgada donde él la dejó por última vez. Las rodillas se me aflojaban en cada peldaño que bajaba. Se podía escuchar los lamentos de los vecinos que aún continuaban en sus casas.
Cuando salí había varios coches patrulla y varios policías esperando a que saliésemos todos para sellar el edificio hasta su demolición. Miré hacia arriba y vi a Eloísa –mi vecina de arriba- cogiendo una maceta de azucenas en flor que tenía en una jardinera enganchada a los hierros del balcón. Crucé la calle con mi única maleta hacia el taxi que me esperaba.
Escribo todo esto desde la residencia donde me llevaron los de la Asistencia Social. Me dijeron que por mi edad no era factible darme otra vivienda, que eso era para gente más joven o para familias más grandes, que yo tendría que contentarme con pasar el resto de mis días en un lugar tan impersonal como es una residencia de ancianos, como cualquier cosa que no sea la casa de una. Para nada les importó el cariño que yo pudiera tenerle a mis cosas de toda la vida, a mi cama, a mis muebles… en la residencia sólo me permitían llevar un poco de ropa y algunas cosas personales como las fotos y poco más. No sólo me despojaron de mis paredes de siempre, sino de esos pequeños tesoros de toda mi vida.
Hoy me siento como si me hubieran dejado desnuda en medio de la calle, ultrajada totalmente, humillada, triste, muy triste. He llorado mucho y sé que aún me queda mucho por llorar, pero no puedo hacerlo, no estoy sola. Acaban de presentarme a doña Manuela, una señora de pelo negro y de edad muy avanzada que será a partir de hoy mi compañera de habitación en la residencia. Es muy habladora y amable, pero no tengo ánimos para atenderla y le dije que me disculpase, que no me sentía bien. Me dijo que lo comprendía, pero que ya se me pasaría, que les pasó a todos en su primer día, pero que luego me amoldaría como todos se amoldaron, y que me lo pasaría muy bien allí. No lo creo. Ni ella misma se lo cree. Decía las cosas de manera automática, sin alegría en los ojos, y cuando alguien quiere animar a otro sin alegría en los ojos, es porque tampoco lo está pasando bien.
Así que ya estoy vislumbrando el resto de mi vida y un nudo de desesperación atraviesa mi garganta. Quiero gritar, romper las paredes con los puños cerrados, tirarme de los pelos, sacar mi ropa de la maleta y hacerlas trizas, pero no, debo callar y no parecer una loca y que me metan en un sitio peor. Será mejor así. Una vieja no tiene ni voz ni voto en nada, ni de su propia vida. No se nos permite tomar nuestras propias decisiones sin ser una cuestionada. Una vieja ya no sirve, una ya no es útil para nada. Sólo me queda esperar hasta que todo esto acabe, es mi único consuelo. Quisiera ser más optimista, sé que seguramente doña Manuela tiene razón y mañana me encontraré mejor, pero no quiero acordarme más de su mirada triste y desesperada. Yo sí me quiero creer que seré feliz aquí.
Málaga, 17 de enero de 2011.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)