jueves, 28 de octubre de 2010

LA CONCLUSIÓN DE UNA MADRE ADOPTIVA

    Querida hija.

    Hace ya dos meses que no nos vemos. Desde aquella tarde que tuvimos aquella discusión no has aparecido por aquí. Esta carta es para que sepas que he reflexionado sobre todo esto y he llegado a la conclusión de que tienes toda la razón del mundo.

    Tu padre y yo siempre tuvimos muy claro que algún día te diríamos que eras adoptada, lo que no teníamos muy claro era cuándo. Siempre que tu padre decía que se estaba acercando el tiempo para reunirnos contigo y decírtelo, yo me echaba a temblar. Para mí hubiera significado la muerte el que tú nos rechazases. Temía tanto tu reacción... pero era preciso contártelo todo, pues en el barrio lo sabían y corría el riesgo de que te enteraras por algún niño, o que alguna lengua "caritativa" te lo dijese sin más. Así que una tarde te lo dijimos. Lloraste, pero fuiste comprensiva, el abrazo y los besos que nos diste confirmaron el inmenso amor que siempre nos demostraste.

    Te contamos que tu madre te tuvo en la Maternidad y que seguidamente te entregó en adopción. Quisimos saber sobre ella, pero la única información que recibimos -y a modo confidencial- fue que ella era una joven que pertenecía a una familia de alto abolengo de la ciudad, pero, por mucho que insistimos, no pudimos saber nada más. Yo quería saberlo, pues consideraba que tú tenías derecho a saber por lo menos de quién venías, pues estaba segura que, cuando lo supieras todo, te interesarías por saber tu origen.

    En efecto, cuando te lo dijimos, la primera pregunta fue que quién era tu madre. Desde aquel día sé -aunque nunca hablamos de ello- que tu obsesión era encontrarla, darte de cara con ella, pedirle explicaciones...

    Pasó el tiempo, te casaste, tuviste a tu único hijo -por ahora- y un día por fin reventó lo que siempre temí. Me llamaste por teléfono y me dijiste que hiciste tus averiguaciones y que por fin pudiste saber quién era tu madre. Por lo visto, aquella joven regresó a la Maternidad tres ó cuatro años después de darte a luz para saber qué fue de ti, pero con la esperanza de poder llevarte consigo, pues su situación había cambiado, se casó con un hombre comprensivo al que no le importó lo más mínimo que te encontrara y así conseguir la felicidad de su esposa, la cual siempre lamentó haberte abandonado en aquel lugar, tan pequeñita e indefensa. Pero a ella también le fue denegada toda clase de información. No obstante, ella dejó su nombre y domicilio intuyendo que tú algún día te interesaras por saber de ella.

    Cuando me contaste que por fin te entrevistaste con ella, quise morirme. Los celos me comían, me sentía ultrajada y maldecía una y otra vez tu ingratitud. Tú me repetiste hasta la saciedad que la única madre que tenías era yo, que ella era únicamente la que te tuvo en sus entrañas, pero nada más. Te supliqué que no la vieras más, mejor dicho, te lo exigí. Entonces, saliste en su defensa y comenzaste a contarme su vida y el por qué se vio obligada a abandonarte. No quise escuchar más. Te colgué el teléfono y te dejé con la palabra en la boca. No recuerdo haber llorado tanto en toda mi vida, ni siquiera el día en que murió tu padre.

    Es insoportable todo esto. Querida hija, sé que tú también debes ser muy desgraciada y que te puse entre la espada y la pared, que no tengo ningún derecho a haberte ocasionado este dolor. Después de haber pensado detenidamente sé que la única ingrata que hay aquí soy yo, sí, porque siempre estaré agradecida a tu verdadera madre, por haberme concedido la oportunidad de llenar aquel vacío tan miserable que sufrí durante tantos años de pruebas médicas e intentos fallidos para engendrar a mi propio hijo. Aunque nunca he tenido esa bendición, lo cierto es que aquel instinto maternal lo pude saciar desde el mismísimo momento en que te arrullé en mis brazos por primera vez. Por primera vez en toda mi vida pude sentirme realizada y eso se lo debo a ella, lo admito.

    Si aún te consideras hija mía, te pido que vengas. Perdóname, perdóname, mi tesoro. Tu ausencia está acabando conmigo, porque yo soy también tu madre y hasta el mismísimo día de mi muerte lo estaré creyendo.

    Sé que puede ser posible que exista armonía entre nosotras tres. Me va a costar mucho, pero ya estoy comenzando a cosiderar que es lo más justo, que yo no tengo ningún derecho a que esa pobre mujer continúe sufriendo.

    Lo que no soportaría sería que te reconociera y perdieras los apellidos que te dimos tu padre y yo... Si ella desea ofreceros a ti y a tu hijo lo que legítimamente os pertenece, que lo haga, pero díle, por favor, que nunca intente usurpar lo que con tanto amor tu padre y yo te dimos. Desde luego, también está en ti el rechazar o aceptar sus apellidos. Tú eres la que tiene la última palabra, pero que sepas que si rechazas el nombre que siempre has llevado, no sé qué podría llegar a pensar de ti. No obstante, quiero que sepas, que nada de lo que decidas hará que deje de quererte. Mi amor lo tendrás para siempre.

    Tu madre.

     Fuengirola, 29 de marzo de 2001.